Independiente, luciendo una lisa y llana melena rubia, la infanta Elena celebró el 4 de julio en Madrid junto al embajador de Estados Unidos en la capital y Michael S. Smith, reabriendo el debate de cuánta keratina hay que ponerse. Mientras, yo lo celebraba en las aguas de la bahía de Miami. Allí me llegaban whastapps cargados de noticias de la actualidad española que competían con la cascada de fuegos artificiales disolviéndose en un mar repleto de yates y embarcaciones de todo tipo. Mis amigos mexicanos brindaban y se deseaban “feliz 4 de julio» como si fuera Año Nuevo. De pronto, otro whastapp: Mercedes Milá abandona Gran Hermano, y mi “¿¡qué!?” retumbó con la fuerza de un cohete.
Cientos de recuerdos me envolvieron. El primer domingo de emisión de Gran Hermano, en el año 2000, llamé de inmediato a Xavier Sardà: “Son los nuevos famosos”. Sardà me encomendó: “Traslada al programa tu nuevo amor”. Y en efecto, mientras Crónicas marcianas y Gran Hermano convivieron, ese nuevo amor fue crucial, arrollador y terrible a partes iguales. Para mí fue un gozoso entretenimiento, me parecía entender todo lo que sucedía en esa casa como una telenovela en directo y por eso surgió lo de “momentazo”, porque el directo del programa agigantaba en nosotros, los telespectadores, lo inmediato. Y ese momentazo coincidió con el mejor año económico del país, con el crecimiento de la burbuja inmobiliaria, con la sensación de riqueza y de que la celebridad podía ser instantánea antes de Instagram.
Mercedes Milá capitaneó esa montaña rusa de endorfinas, testosterona y devoradora fascinación porque nunca se puso en contra del ciclón. Jamás se asustó de que pudiera aplastarla o relegarla. Puso su experiencia a favor, que es lo que un buen actor haría ante cualquier papel. Contrario a lo que siempre le criticaron, Gran Hermano la ha hecho más respetable. Y más célebre. Pero Milá es superhumana, la televisión la adora y sabe perfectamente que GH seguirá sin ella y ella también seguirá sin GH.
Quizás por pertenecer a una generación previa a este consumo de celebridad, Miguel Ángel Aguilar ha afeado los comprometidos reportajes de Mario Vargas Llosa en EL PAÍS sobre la situación en Palestina. A ese prestigioso periodista que es Aguilar le molesta que Vargas Llosa salga en la foto, una imperiosa obligación del periodismo actual, de la información del siglo XXI. Todo es información, tanto el reportaje como el punto de vista como la foto del reportero que es, además, una estrella de la literatura y un reclamo. Es como si tienes a Madonna en Kenia y no pones la foto. No me ha gustado nada que Aguilar se refiera a Isabel Preysler como “la china”. Por un momento pensé que regresábamos a lo más chusco de la década de los ochenta.
