Antonio Pérez Esclarín / Filósofo
En 1993, el Gobierno lanzó su proyecto bandera de las escuelas bolivarianas con el lema “educación integral y de calidad para todos”. Los componentes centrales del proyecto eran: jornada de ocho horas diarias para estudiantes y docentes; servicio de alimentación con dos comidas y una merienda diaria; atención integral de los estudiantes en salud, cultura y deportes; acondicionamiento de la planta física; y dotación apropiada.
Al comienzo, las escuelas bolivarianas se extendieron vertiginosamente por todo el país e, incluso, se llegó a afirmar que, en unos pocos años, todas las escuelas se transformarían en bolivarianas, con lo que todos los alumnos disfrutarían de educación de calidad. La promesa no sólo no se cumplió sino que, a partir del curso escolar 2005-2006, el crecimiento cayó en picada, se abandonó la promesa de convertir todas las escuelas en bolivarianas y se dejó de hablar de ellas con el triunfalismo de antes. Los críticos dicen que se debió a que la evaluación que se hizo de ellas no mostró evidencias de que la educación de las bolivarianas fuera mejor que la de las otras escuelas.
Sea esto cierto o no, pues nunca se presentaron los resultados de la evaluación, sí está claro que, a partir de entonces, se eliminó el Sinea (Sistema Nacional de Evaluación de los Aprendizajes) y que el Gobierno ha mostrado muchas resistencias a que se evalúe la educación de Venezuela, cosa esencial para poder determinar su calidad y emprender los cambios necesarios. Resulta, por ello, interesante revisar la investigación sobre la calidad de las escuelas bolivarianas que hicieron Isabel Cantón Mayo de la Universidad de León en España, y Nanci Barrios Briceño de la Universidad Pedagógica Libertador de Venezuela que aparece publicada en el último número de la Revista Internacional de Investigación e Innovación Educativa (diciembre de 2014).