Y la lista sigue. Uno de los diseñadores que remodeló y realizó la extensión del sistema de trenes subterráneos de Boston. Creador del Acuario de Boston e integrante del equipo remodelador del edificio Sears, en Estados Unidos. Arquitecto del Queen Emma, en Hawai. Del Century City Hotel, en Los Ángeles. De la Regina University, en Canadá. Creador del pabellón Domo Geodésico que representó a Estados Unidos en la Feria de Montreal de 1967. Diseñador del anteproyecto de la línea uno del Metro de Caracas. Coordinador del Plan de Ordenación Territorial de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo. Planificador de los proyectos de mantenimiento de campos petroleros de la Creole, subregión COL. Entre decenas de proyectos públicos y privados importantes, en todo el mundo, en los que ha participado.
Es un cabimero. Un orgullo estadal, nacional, que se mantiene solapado en su personalidad discreta que no ha buscado trascendencia, aunque la tiene.
Él es Baudilio Giménez (Cabimas, 21 de octubre, 1933). Insólito es que llegó a ser arquitecto por accidente. “Lo mío era leer y jugar fútbol. Mi padrino, el doctor Ramón Rojas Guardia, me inculcó que debía ser médico. Pero nuestra situación económica al graduarme de bachiller, en Caracas, no me lo permitía. Hice trabajos para sustentarme, como office boy, profesor nocturno, limpiador. Hasta traté de enfilarme en la vida militar y nada. Me enteré que la fundación Creole financiaba estudios en el extranjero y me animé. Quería estudiar ingeniería. Pero no me aceptaron la rama que me gustó. Entusiasmado por irme afuera, un tío materno me financió el pasaje a Estados Unidos, para Nueva York, en 1957, a estudiar lo que me había propuesto. Pero yo tendría que ver cómo me sustentaría allá. Así que me fui. En el avión, un embajador venezolano quedó a mi lado. Hablamos y me dijo: ‘¿Y te vas sin nada para allá?’. Le respondí: ‘No tengo nada que perder, porque, nada tengo’. Después, me tramitó una ayuda por la embajada. Se lo agradezco”.
Baudilio era dueño de las energías necesarias para enfrentar desafíos. Por eso, al llegar allá superó las trabas de su ingreso al Rensselaer Polytechnic Institute, donde lo aceptaron. Un paseo por la universidad lo hizo cambiar de opinión: de ingeniería le encantó la facultad de arquitectura.
“Me deslumbró Nueva York, algo distinto. En el camino conocí gente que me introdujo al mundo de las artes. Todo aprendizaje lo almacenaba como modelo de comportamiento. Un patrón que no había tenido en casa”, cuenta.
Evalúa el camino recorrido desde la aventura de ese avión hasta ahora, y le agrada lo vivido: a sus 80 años tiene a la ciudad que lo vio nacer a sus pies. Y no precisamente porque le hayan honrado su trayectoria, ya que, ni siquiera Hijo Ilustre es. Porque ser “ilustre” en su tierra es una deuda que la municipalidad tiene pendiente con él.
Pero a Baudilio no le quita el sueño la poca estima de ciertos grupos que deciden la honra pública. Igual, tiene a la ciudad rendida de forma sublime: Vive en el pent house del conjunto residencial más alto de Cabimas, al cual le hizo ajustes y diseñó su cúpula para ver el Lago (adora los frentes de agua), el Puente y mirar el tumulto, al que le marca distancia.
Una vista preciosa que disfruta solo, porque le molestan las visitas bulliciosas (sus amigos, en broma, le pidieron un manual de comportamiento en su casa), no le gustan los vecinos ruidosos (por eso compró la otra mitad del pent house), no tiene hijos, y la única mujer con quien intentó tenerlos, murió en 1984 por cáncer de pulmón, tras fumar demasiado.
“Ella era la única con quien podía tener mis hijos. Solo ella me entendía y toleraba el carácter. Convivir conmigo no es fácil. No tolero la mediocridad. Mucho menos la gente que la expone como si fuera un trofeo”.
La genialidad de Baudilio se sustenta al mirar sus raíces que no le pronosticaban un futuro brillante. Con todo en contra forjó un porvenir exitoso, simplemente, con las ganas de ser distinto.
Era el mayor de una familia numerosa, 12 hermanos, procreados por José Baudilio, un pequeño comerciante de la localidad, y Ángela, su mamá, quien estrenó rol con él a los 15 años.
Vivían en la modestia de una Cabimas rural donde al caminar se adherían las chancletas al asfalto pegajoso, que apenas rociaban en calles, y usaban agua del estuario zuliano, tan cristalina, que solo asentaban en pipas y la hervían para su uso urbano.
Bajo esa estampa, la muchachera de los Giménez parecía cortada con la misma tijera, pero Baudilio, desde niño, fue impulsado por el entusiasmo de ser diferente. “Papá era rudo y solo daba el sustento en la casa. Mamá le era sumisa porque la superaba por 22 años. Cuando yo cumplí los 12 le dije: ‘Nos mudamos a todas partes. ¿Por qué mamá está repleta de hijos y no le has comprado una casa?’. Él me respondió: ‘Si no te gusta te vas’. Y me fui. Eso bastó para que nuestra relación se rasgara. Tuve que vivir eventualmente en casas de mis tíos maternos que me ayudaron. Y mamá sufría”.
Justo a esa edad, Baudilio, quien había aprendido a leer en los libros de Charles Dickens y Mark Twain, ya había devorado la biblioteca de un tío. Estaba embebido del conocimiento que lo seguía marcando como distinto en la familia, que daba brincos de Cabimas para Santa Rita, luego a Lagunillas, Bachaquero, Cabudare, un pueblo de Cojedes, y otros lares hasta llegar a Caracas. Llegaron a sitios donde, incluso, usaban totumas como tenedores y cucharas.
El conocimiento desmedido que acumulaba pese a los traspiés de las mudanzas obligadas, lo distanció de sus hermanos, porque cada vez tenían menos cosas en común. De hecho, octogenario ya, cuando los visita y sorprende entretenidos conversando, callan al verlo llegar. Esperan que él inicie un nuevo tema de conversación y lo miran como a un “extraterrestre”.
En su aventura en el extranjero absorbió los ordenamientos familiares y profesionales que veía. Y no le faltó la mano solidaria de exprofesores y nuevos amigos en su travesía, mientras hacía cualquier cosa para sustentarse.
Ésta es una de las anécdotas que lo marcó allá: La mamá de su “roommate”, un millonario estadounidense, (cuya familia fue benefactora de Baudilio), le cobraba a su amigo por comida y estadía. El joven debía trabajar en la empresa familiar en los rangos más bajos. Cuando se casó, sus padres le regalaron una chequera devolviéndole el dinero.
“Su mamá me dijo: ‘Todo ese tiempo lo enseñamos a administrarse, porque él heredará el negocio’. Comparé esa familia con la idiosincracia latina, donde la mayoría de los adinerados le dan todo a sus hijos sin ganárselo”, reflexiona.
Entre aprendizajes diversos Baudilio siguió su formación de hombre. Y la Creole le financió sus estudios cuando se dieron cuenta que los arquitectos eran necesarios para los urbanismos petroleros en Venezuela. Por eso, al graduarse debió regresar a Cabimas para pagarles la beca.
Pero la oportunidad del World Trade Center lo sedujo y renunció a la Creole. Después, su nombre tomó peso. El mundo aprovechó su talento en obras que tienen su sello en EE UU, Canadá y otros. Baudilio se codeaba en lugares de alcurnia y hasta en las fiestas de las hijas del industrial Henry Ford fue a parar.
Atrás quedaron los banquetes donde compartió con los grandes. Ahora sigue trabajando para contratos privados y asegura que lo heredarán dos niños, huérfanos, de cinco y ocho años, familiares suyos, a quienes adora. “Los quiero como a hijos. Quisiera pasarles la sabiduría que he acumulado”.
Octogenario, reflexivo, sin arrepentimiento de haber vuelto al terruño, porque lanzó una moneda y le salió volver, evalúa sus intentos por mejorar la COL; un arado en el mar.
“Traje a (Roberto) Burle Marx, el paisajista más importante de Brasil y nadie aprovechó eso. Traje expertos en desarrollo urbanístico, y tampoco. Diseñé la segunda etapa de Tamare a orillas del Lago. Nunca se hizo. Quería un jardín botánico para la COL. Tampoco. Dije las fallas del bulevard costanero de Cabimas, el cual carece de atracciones en su geografía, y nadie me presta atención. Explico que no usen vegetaciones inadecuadas urbanas. Tampoco. Quería hacer senderos ecológicos en el parque Las Yaguasas y nada ha sido aprobado en décadas. Todo el amor que le tengo a mi Cabimas, a mi COL, se ha quedado en sueños. Sueños que solo tengo yo”.
El sustituto de las Torres Gemelas en la recta final de construcción
Tras la destrucción por grupos terroristas del World Trade Center, conocidas en español como las Torres Gemelas, el gobierno norteamericano está levantando en el mismo lugar donde brillaron las caídas, otro edificio, imponente, que recordará lo que allí había: un centro mundial del comercio.
Se llamará One World Trade y aunque está previsto inaugurarlo para el año próximo (2015), los trabajos están sumamente adelantados. De hecho, ya pasó a convertirse en el edificio más alto del hemisferio occidental. El One World Trade, llamado al principio la Torre de la Libertad, se ha convertido ya en la séptima estructura más grande del mundo. Alcanza 541 metros de altura, mucho más que los 417 metros de las extintas Torres Gemelas. ¿Por qué el nuevo edificio mide esa altura determinada? Pues, no fue azar construirla con esos 541 metros. Si se convierte esa cantidad de metros en pies, arrojará la cantidad exacta de mil 776 pies. Y fue justamente en el año 1776 cuando Estados Unidos declaró su independencia. Sin embargo, los constructores no solo permietieron que esa cifra fuera notoria en el nuevoedificio para recuerdo de los norteamericanos, sino que, también permitieron que la cantidad de metros, desde la base, hasta la azotea, fueran los 417 metros que medían la Torres Gemelas en su totalidad. La nueva construcción también será un centro mundial de comercio, y está destinado a ser el edificio de uso exclusivo de oficinas administrativas más alto del planeta. Por supuesto que, tendrá un museo en memoria de las víctimas que murieron ese terrible 11 de septiembre de 2001, a consecuencia de la intolerancia de grupos terroristas.