Los desastres naturales en la Tierra son cada vez más graves y costosos para una economía global con patrones de desarrollo que resultan insostenibles por su carácter depredador, pero el futuro podría ser peor, advierten estudios internacionales.
Un reporte del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) consideró la falta de mitigación y adaptación al cambio climático como el mayor riesgo de impacto potencial para 2016.
El análisis tomó como base los criterios de 750 expertos, quienes señalaron 29 peligros globales de cara a un plazo de 10 años, entre los cuales incluyeron también las armas de destrucción masiva, la crisis del agua y la migración a gran escala.
Al decir de la directora de riesgos de Zurich Insurance Group, Cecilia Reyes, “el cambio climático está exacerbando más riesgos que nunca, en relación con la crisis del agua, escasez de alimentos, crecimiento económico limitado, cohesión social más débil y aumento de los riesgos de seguridad”.
Esta señal de alarma emitida por el WEF proviene de las principales potencias económicas del orbe, responsables en gran medida del deterioro del medio ambiente, de graves fenómenos como el calentamiento global, según denuncias expuestas en las cumbres climáticas de Naciones Unidas.
Alrededor de 200 millones de personas en el mundo son afectadas anualmente por emergencias y desastres naturales y unos 100 millones necesitan ayuda humanitaria, indicó el Fondo de Población de Naciones Unidas (Unfpa, por sus siglas en inglés).
Ello significa que el número de habitantes con requerimiento de asistencia humanitaria es el más elevado desde el final de la II Guerra Mundial, cuando la humanidad debía reponerse del desastre bélico.
Alrededor del 40 por ciento de la población del planeta sufre escasez de agua por lo menos durante un mes cada año y, de acuerdo con estimaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, para 2050 unos cuatro mil millones de habitantes podrían vivir en zonas con marcado déficit de ese elemento vital.
El 15 de enero la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alertó que Etiopía padece la peor sequía en tres décadas, ello coloca a 10,2 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria por las pérdidas en las cosechas y la ganadería, por el fenómeno climático de El Niño.
A juicio del representante de la FAO en Etiopía, Amadou Allahoury, “la perspectiva para 2016 es muy sombría”; después de dos temporadas consecutivas de malas cosechas, el éxito de la actual será fundamental a fin de evitar el empeoramiento de las condiciones, expresó.
El fenómeno de El Niño está asociado al calentamiento anormal de la temperatura superficial del mar en algunas zonas del océano Pacífico, con graves consecuencias en los patrones meteorológicos y climáticos mundiales, al provocar la disminución de las precipitaciones y la consiguiente sequía en algunas regiones y fuertes lluvias e inundaciones en otras. Para hacer frente al fenómeno de El Niño a escala mundial, la FAO implementa actualmente planes de respuesta en 20 países prioritarios en África, Asia, América Latina y el Caribe y el Pacífico Sur, mientras otras 21 naciones son sometidas a estrecha vigilancia, notificó el organismo.
Evaluaciones del Unfpa costaron que la cantidad de desastres naturales, en especial de inundaciones y tormentas, duplica el monto registrado hace 25 años.
“Todas las crisis, tanto aquellas que golpean en unas horas de violenta tormenta como las que alejan la paz durante décadas, destruyen las perspectivas de desarrollo, habitualmente de manera profunda”, opinó la entidad en su informe sobre la población mundial, presentado en diciembre de 2015.
Si se tiene en cuenta el crecimiento demográfico, la probabilidad de ser desplazado por un desastre es hoy un 60 por ciento más alta que hace cuatro decenios, expuso la institución.
De 1994 a 2014 las inundaciones causaron el 43 por ciento de los desastres registrados en ese período y dañaron a casi dos mil 500 millones de personas, ilustró la base de datos internacional del Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres.
Tales estadísticas corroboraron que las tormentas fueron el segundo tipo de desastre más frecuente; provocaron la muerte de más de 244 mil personas y costaron 936 mil millones de dólares en daños materiales en el transcurso de esos nueve años.
El examen reveló que las tormentas fueron el tipo de desastre más caro y el segundo más letal en los dos últimos decenios.
Mientras las sequías ocasionaron perjuicios a más de mil millones de habitantes de 1994 a 2014, lo que equivale a uno de cada cuatro damnificados por los eventos naturales extremos en ese lapso de tiempo.
En cifras absolutas, Estados Unidos y China fueron escenario de la mayoría de los desastres naturales en esos nueve años, debido principalmente a su tamaño, diversidad del territorio y elevada densidad de población.
Pero Haití padeció el mayor número de víctimas mortales tanto en valores absolutos como relativos al tamaño de su población, debido a las consecuencias del terremoto de 2010, comparó el Unfpa.
Datos del Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres demuestran la incidencia del nivel de ingresos en el número de víctimas mortales de los desastres: como media en los países de bajos ingresos falleció el triple de personas que en los de ingresos altos en el lapso de 1994 a 2014.
Ello demuestra “que los niveles de desarrollo económico, y no tanto la exposición a los peligros per se, son los principales determinantes de la mortalidad”, evaluó el Unfpa.
De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, desde 2008 se desplaza a causa de los desastres un promedio de 26,4 millones de personas en el mundo, y la mayoría de esos movimientos humanos ocurre en naciones de ingresos bajos y medianos.
Sin contar otros eventos climáticos, solo las sequías, las temperaturas extremas y el riesgo de inundaciones provocarán que para 2030 alrededor de 319 millones de personas extremadamente pobres vivan en los 45 países más expuestos a esos peligros.
“Esta cuestión es un motivo de preocupación importante, dado que los riesgos de sequía e inundaciones se encuentran entre los factores más determinantes del empobrecimiento a largo plazo”, reflexionó el Unfpa.
Actualmente las consecuencias del incremento de las temperaturas del planeta se concentran de manera desproporcionada en los países de ingresos bajos y medianos y en los pequeños Estados insulares en desarrollo, recalcó el ente de Naciones Unidas.
Por primera vez en la historia más de la mitad de la población mundial vive en las ciudades y ello ocurre sin las condiciones adecuadas, lo cual exacerba el riesgo de catástrofes humanitarias urbanas, cuyas principales víctimas suelen ser los pobladores informales en asentamientos marginales.
Hasta el momento la financiación humanitaria concentró su atención en las situaciones de crisis, mientras la prevención y la preparación para enfrentar esos fenómenos recibieron una parte relativamente pequeña.
Estimados internacionales revelados en 2015 señalaron que alrededor del 60 por ciento de la asistencia humanitaria se destina al socorro de emergencia, el 35 por ciento a la reconstrucción y la rehabilitación, y tan solo el cinco por ciento a la preparación para desastres y la mitigación.
Apenas funcionan como pequeños remiendos dentro de un proceso de globalización neoliberal, diseñado para un mayor saqueo de los recursos naturales del planeta, en el cual las naciones empobrecidas llevan las de perder.
Tampoco debería pasarse por alto que la fragilidad y la vulnerabilidad a los conflictos, incluidos los bélicos, y ante las consecuencias de los desastres “se ven agravadas por numerosas fuerzas, entre ellas la pobreza, la desigualdad en el desarrollo, la negación de los derechos humanos y la debilidad de las instituciones”, según opina el Fondo de Población de Naciones Unidas.