De no ser por los agentes de seguridad apostados en los pasillos de la Facultad de Derecho, todo hubiera indicado que el viernes 13-D era un día más de exámenes en la Universidad de Buenos Aires.
Pero quien tomaba evaluaciones finales en el aula 235 no era un profesor más: tres días después de asumir la presidencia de Argentina, Alberto Fernández fue a la Facultad en la que enseña Teoría del Delito a cumplir con sus últimas obligaciones como docente.
Con saco y corbata, Fernández se sentó frente a sus nerviosos alumnos, quienes se sumaron por un día a la lista de desafíos que el mandatario de centroizquierda debe afrontar con urgencia: las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la alta inflación o la pobreza que flagela a Argentina.
“Como profesor, divino: superdidáctico, muy ameno, muy buen profesor”, dijo a la televisión argentina Marina, una alumna que fue aprobada con un 5 (sobre un máximo puntaje de 10) por Fernández.
Otra alumna dijo que Fernández aprobó a todos sus alumnos, antes de dejar la facultad rodeado por una multitud que se acercó para saludarlo y tomarse fotos.
¿Un «peronista tibio»?
Si bien su carácter negociador le ha cosechado elogios en el mundo político y lo llevó a la presidencia, algunos kirchneristas lo miran con recelo porque lo consideran tibio y por las duras críticas que lanzó contra Cristina Fernández, la actual vicepresidenta.
A lo largo de la campaña, otros aspectos de la vida del peronista Fernández, un hombre calmo y de aspecto formal, echaron luz sobre otros rasgos desconocidos de su personalidad como su carrera de docente y su pasión por la música.
El rígido bigote que lleva hace décadas no es más que un homenaje al pionero del rock argentino Lito Nebbia, con quien Fernández aprendió a tocar la guitarra.
El perro del presidente se llama Dylan, en homenaje al mítico músico y compositor Bob.
Aunque los primeros días de Fernández en el poder han sido tranquilos, lo esperan semanas agitadas: debe enderezar el rumbo de una economía en crisis haciendo un delicado equilibrio entre las amplias demandas sociales y las de los inversores.
La inflación superará el 50% este año, la pobreza alcanza al 40% de los argentinos y una deuda pública cercana a los 100.000 millones de dólares deberá ser renegociada porque le resulta impagable a un país que sufre una severa recesión.