Una investigación sobre mantarrayas gigantes en Costa Rica aporta la primera línea de base sobre sus desplazamientos en Centroamérica. De 12 ejemplares seguidos por satélite, nueve cruzaron fronteras marítimas y se movieron hacia aguas de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala, además de zonas internacionales.

El hallazgo también mostró un patrón distinto en dos juveniles, que permanecieron en aguas costeras de Costa Rica o cerca de sus límites marítimos. Para los autores, esos espacios podrían ser clave en las primeras etapas de vida de la especie.

Una ruta que atraviesa varios países

Mantarrayas cruzan fronteras en Centroamérica

El seguimiento fue desarrollado por Mantas Costa Rica y forma parte de un estudio publicado en octubre de 2026. Uno de los ejemplares más conocidos por el equipo es una mantarraya apodada Mickey Mouse, identificada también como Triple Crown por el uso combinado de telemetría acústica, transmisores satelitales e identificación fotográfica.

Jeffry Madrigal Mesén, director de Mantas Costa Rica, explicó que ese individuo fue localizado en el Pacífico sur de Costa Rica. En 2020, un transmisor acústico registró 462 detecciones: 459 en El Secreto y tres en la Isla Cabo Blanco. Tres años después, durante 38,5 días de monitoreo satelital, se obtuvieron 161 posiciones dentro de la misma zona costera general.

Los investigadores sostienen que la conservación de la especie exige mirar más allá de las áreas protegidas y de las fronteras nacionales. Su propuesta apunta a corredores de conservación transnacionales para resguardar a las mantarrayas a lo largo de Centroamérica.

Mantarrayas cruzan fronteras en Centroamérica

Según Madrigal Mesén, fuera de las estaciones de limpieza en Costa Rica estos animales quedan sin protección directa. También quedan expuestos a la pesca y al tránsito de buques cargueros que cruzan la región.

El equipo añadió que las mantarrayas gigantes pueden alcanzar hasta ocho metros de longitud, con un disco de siete metros de ancho y un peso de dos toneladas. Al llegar a la adultez, entre los ocho y diez años, su tamaño reduce el número de depredadores naturales; en cambio, los juveniles siguen vulnerables.

Los autores también advierten que, en los sitios de agregación cercanos a la costa, el tráfico de embarcaciones y el turismo pueden causar colisiones y heridas graves. Además, hasta el 32 % de los individuos presenta lesiones provocadas por hélices o cicatrices de artes de pesca. En mar abierto, la especie queda expuesta a la captura incidental en redes atuneras y artesanales.

El trabajo concluye que ampliar el monitoreo y compartir información entre países será decisivo para entender mejor estos desplazamientos y diseñar medidas de protección acordes con una especie que cruza varias jurisdicciones en el Pacífico centroamericano. Más información sobre el programa de seguimiento puede consultarse en Mantas Costa Rica y en Migramar.