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“Las tragedias pueden aflorar lo mejor y lo peor de las personas”

Foto: Archivo / AFP

 “Era miércoles. Había terminado el quinto de primaria y el viernes era el acto de diplomas. Mi mamá trabajaba en Ibagué —capital del departamento del Tolima, en el centro de Colombia— y como andábamos con el tema del fin de clases, decidió quedarse esa semana en Armero. Miércoles del Señor, 13 de noviembre de 1985. 

 A mí me crió mi abuela, más que mi madre. Esa noche yo estaba sufriendo de gripa. Mi abuela me puso Vick Vaporub en el pecho, una pijama y me mandó a dormir.

Vaya Gustavo mijo, que tiene que recuperarse—.  “Desde antes, una semana, pues, se escuchaba lo de la erupción”, recuerda Gustavo Prada, un tolimense que sobrevivió a la tragedia que acabó con el pueblo de Armero. 

Gustavo Prada, sobreviviente.  

El  volcán Arenas, del Nevado del Ruiz, es el segundo más activo de Colombia, después del Galeras, una fumarola que decora la ciudad de Pasto,  capital de Nariño. 

“Pero, como había llegado ceniza a Manizales —capital del departamento de Caldas—, decían que no iba a pasar nada. Pasaban carros, imagino que de la Alcaldía, perifoneando que la gente usara pañuelos húmedos para protegerse de la ceniza. Pero de evacuación, ni de broma. Nadie ordenó desalojar al pueblo.

 Esa tarde, sí, todo  se puso oscuro. Y ya en la noche comenzó a llover. Yo me quedé dormido y, a eso de las 11:00 pm, me despierta mi abuela con afán. 

—Levántese Gustavo que parece que pasa algo, la gente anda corriendo por la calle—. 

Había empezado a caer arena, con ceniza, pero la gente no distinguió ese sonido de la lluvia. Cuando me asomé al balcón —de una casa de tres plantas en la avenida 18, a media cuadra del Hospital de Armero—, vi que en la calle había agua. Como cuando llueve mucho y se inunda”. 

—Vamos a subirnos al tercer piso— dijo mi mamá. —Porque el pueblo está inundado. 

“Se había ido la luz. Total oscuridad. Uno apenas distinguía las siluetas. De pronto, vino como un terremoto, no sé. La casa comenzó a moverse. Ahí se confundieron los ruidos: truenos, erupción y la destrucción de los edificios”.   Pausa a los recuerdos de Prada. Ya en octubre, los expertos habían advertido sobre la posibilidad de lahares, corrientes de material disuelto y lodo producidas por las erupciones volcánicas. 

La tierra donde se asentaba Armero había sido regada con las faldas líquidas del Nevado del Ruiz en dos oportunidades: 1595 y 1845. En ambas, hubo muertes. Nadie escuchó. 

“Yo me quedé en el tercer piso que se desprendió del resto de la casa y bamboleaba como una especie de barco, en la corriente —sigue Prada—. No veía nada. Dejé de escuchar a mi mamá y a mi abuela. Solo era la oscuridad, el movimiento y el ruido. Cuando se detuvo, por una grieta del techo de platabanda entraba una suerte de luz. Grité. Al techo habían logrado subir unos estudiantes de geología de la Universidad de Manizales que habían ido a estudiar el volcán, ellos me sacaron”. 

“Cuando salí, afuera todo se veía a nivel. Esa fue mi primera impresión. Que todo estaba al ras del techo del tercer piso de mi casa. Todo estaba a oscuras. Apenas se veía el suelo, muy cerca”. 

Más de 20 mil muertos en Colombia al estallar el volcán Arenas, tituló PANORAMA en su edición del 15 de noviembre de 1985.

 

 

 “A lo lejos —sigue Prada, 41 años, odontólogo, propietario de un restaurante y presidente del capítulo Tolima de la Asociación Colombiana de Restaurantes— veíamos una luz. Era una moto. Su dueño giraba el manubrio para intentar alumbrar. ‘Hay que arrastrarse por el lodo —dijo uno de los estudiantes—. Si caminamos, nos hundimos. Así hicimos. Al rato, llegamos a donde estaba la luz. Un barrio muy pobre de Armero, llamado Pueblo Nuevo, que no fue afectado por el alud. 

Serían las 11 de la noche, más o menos. En esa casa, a donde llegamos, nos limpiaban la cara, los ojos, para lavarnos el lodo. Era una señora muy humilde, pero hizo agua de panela, para todos, y allí pasamos la noche. Yo encontré a mi abuela, muy herida, en esa misma zona, en esa calle, rato después. Lloramos. 

Una prima que estaba en mi casa pasando vacaciones, se arrastró por el lodo, pidio un aventón, llegó a Honda y de allí pasó a Bogotá, en harapos. Ella avisó al resto de la familia en Colombia y en Estados Unidos y nos  vinieron a ayudar, a buscar”, cuenta hoy Prada. 

Colombia licuó todo su dolor, su rabia represada por años, en la montaña que se derritió para tapar un pueblo. “Vamos a demostrar que los colombianos somos capaces de levantarnos de esta tragedia”, dijo el presidente Belisario Betancur, luego de los primeros reportes tras los sobrevuelos. “De Armero no queda nada”, informó un piloto por Radio Caracol con la voz quebrada. 

“Después del primer sobrevuelo, vinieron muchos helicópteros y fueron organizando la evacuación de los heridos, las mujeres, los niños. Pero querían separarnos, a mi abuela y a mí. Ella se había herido en un brazo con una cabilla y no quería dejarla sola. Tocó meternos al lodo, con cuerdas, y llegar a uno de los helipuertos improvisados. Nos llevaron a Lérida, de ahí pasamos a Honda,  a Bogotá y al fin a Ibagué. 

De mi mamá y mi hermanito no sabía nada. A ella la encontramos malherida en una clínica de Ibagué. Estaba herida, quemada. Me pidió perdón porque no pudo sacar a mi hermanito de la casa. Iban a amputarle una pierna, pero respondió bien al antibiótico y la salvó. 

Hubo mucha solidaridad pero también, en las tragedias, sale lo mejor y lo peor del ser humano. Yo vi a policías robando a los cadáveres. Hubo mucha ayuda que llegó, pero, por ejemplo, Armero tenía 40 mil habitantes, se murieron unos 30 mil, y cuando se hizo el censo para reponer bienes, aparecieron 60 mil afectados.

 Colombia cambió luego de la tragedia. Hubo muchas lecciones de esa noche: El Sistema de Prevención de Desastres del país se constituyó a partir de entonces. 

Omayra Sánchez (la niña que murió ante las cámaras de televisión) fue un símbolo, pero no fue la única historia. Recuerdo, de los dos días que pasamos antes de salir de Armero, que me encontré con dos hermanos, amigos del Colegio Americano, que habían quedado huérfanos. Hubo muchos paisanos que quedaron con la mentalidad de la tragedia: había que darles —y aún mantienen eso—, había que regalarles. Mi familia perdió todo: mi abuela tenía negocios. Y decidimos que había que salir adelante. 

Todavía yo soy el último en acostarme a dormir: me aterra quedarme dormido. Por mucho tiempo me dio miedo soñar. Pero ya no. Uno se supera”. 

 

 

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