El mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, pasó de ser el cuarto lago más grande del mundo a un desierto salino tras el desvío de los ríos que lo alimentaban desde la década de 1960. Ahora, un estudio publicado en Science sostiene que ese lecho seco sigue siendo una fuente masiva de gases de efecto invernadero.

Un desierto que todavía libera carbono

La investigación señala que, desde el inicio de su desecación, el antiguo fondo del Aral ha liberado unas 748 millones de toneladas de CO₂, una cifra equivalente a las emisiones conjuntas de un año de España, Francia y Bélgica. El proceso se explica porque, al desaparecer la columna de agua, el oxígeno entra en los sedimentos y activa la degradación de la materia orgánica acumulada durante siglos.

Las mediciones del equipo español, basadas en análisis de sedimentos en un gradiente espacial hasta el centro del humedal, muestran además que los lechos secados más recientemente aún conservan más carbono orgánico que los expuestos en los años sesenta.

La propuesta: devolverle agua al mar de Aral

El trabajo concluye que las estrategias actuales de mitigación en la zona no están funcionando. Plantar vegetación sobre el antiguo lecho seco ofrece una capacidad de absorción de CO₂ prácticamente nula en este tipo de ecosistemas áridos, según los autores.

Por eso, plantean restaurar el aislamiento físico del terreno y volver a cubrirlo con agua para detener la degradación microbiana y frenar las emisiones. El problema es que la red de riego de la zona desperdicia hasta el 90% del agua que transporta.

Los investigadores calculan que todavía quedan por liberarse unos 605 millones de toneladas de CO₂ si no se actúa. Modernizar toda la infraestructura requeriría 8.500 millones de euros y permitiría recuperar alrededor del 50% de la superficie original del lago de 1960.

Créditos de carbono para financiar la obra

Para sufragar una obra de ingeniería hídrica de esa magnitud, los autores proponen usar las emisiones evitadas como moneda de cambio. Si el proyecto logra frenar la liberación de esos 605 millones de toneladas de CO₂, esa cantidad podría convertirse en créditos de carbono comercializables.

Según los cálculos, el plan generaría unos 323 millones de toneladas equivalentes en créditos, con un valor en el mercado internacional de entre 3.100 y 15.800 millones de euros. La idea aparece vinculada también a trabajos previos sobre los problemas de abastecimiento de agua en la región del mar de Aral, recogidos por Cordis, el servicio de información sobre investigación de la Unión Europea.