A lo largo del Sahel, entre Senegal y Yibuti, la llamada Gran Muralla Verde intenta convertirse en una respuesta continental a la degradación de la tierra y a la presión climática. La iniciativa, que nació hace casi dos décadas, ha ido alejándose de la idea inicial de una franja continua de árboles para abrazar un modelo más flexible, pensado para sobrevivir en zonas semiáridas.
Del bosque lineal al mosaico adaptado al Sahel
Cuando el proyecto arrancó, la apuesta era plantar árboles en líneas rectas para frenar el avance de la arena. Con el tiempo, la evidencia científica cuestionó ese enfoque: en varios contextos semiáridos, las grandes plantaciones mostraron baja supervivencia, redujeron la humedad del suelo e incluso afectaron los acuíferos locales.
Ese giro obligó a replantear la estrategia. En lugar de depender de masas forestales densas, la iniciativa se orientó hacia un mosaico de soluciones adaptadas al terreno, con más peso de los arbustos y de la agricultura tradicional. En el Sahel semiárido, además, las tierras de cultivo manejadas por las comunidades locales ya presentan una cobertura leñosa mayor que las sabanas vecinas.
El cambio de método no significa renunciar a los árboles, sino ubicar lo que sí funciona. Las mediciones citadas por el programa indican que los ejemplares que logran establecerse aportan sombra, retención de agua y nutrientes, beneficios que ayudan a sostener la vida cotidiana de las comunidades.
Las metas oficiales siguen muy por encima del avance medido
El objetivo oficial para 2030, fijado por la ONU y recogido en el documento de avance de la Gran Muralla Verde, es restaurar 100 millones de hectáreas de tierra degradada, secuestrar 250 millones de toneladas de carbono y crear 10 millones de empleos.
Medir el progreso ha sido, sin embargo, un desafío estadístico. En 2020 se calculaban cerca de 18 millones de hectáreas restauradas en toda la región, impulsadas en buena parte por los 12 millones aportados por Etiopía. Pero la revisión quinquenal de la UNCCD aplicó un sistema más estricto y redujo ese balance a 1,66 millones de hectáreas en proceso de restauración, junto con 4,6 millones de empleos creados.
La financiación también sigue por detrás de la ambición política. Para cumplir las metas de 2030, la iniciativa necesita 33.000 millones de dólares. En 2023, de los 19.000 millones prometidos por diversos actores internacionales, se había programado el 80 %, pero solo se había materializado un 13 % sobre el terreno.
Entre los principales respaldos figura el Banco Africano de Desarrollo, que afirma haber comprometido más de 3.320 millones de dólares hasta la fecha. Aun así, el dinero no compensa por sí solo las dificultades del terreno ni los retrasos burocráticos que arrastra la iniciativa.
La geopolítica pesa más que la aridez
Los riesgos no se limitan al clima. Según modelos del Grupo del Banco Mundial de 2022, los choques climáticos podrían empujar a 13,5 millones de personas a la pobreza extrema en el G5 Sahel hacia 2050, con caídas del PIB de hasta 11,9 % en Níger y 6,8 % en Burkina Faso si no se aplican medidas urgentes de adaptación. El propio diagnóstico del organismo puede consultarse en su informe para la región del G5 Sahel.
Pero el mayor freno no es solo ecológico. De las 28 millones de hectáreas del Sahel consideradas económicamente rentables para restauración, apenas 14 millones estarían disponibles en la práctica, porque la otra mitad queda bloqueada por conflictos armados y por la inseguridad crónica en varias zonas. En esa mezcla de desertificación, pobreza y violencia se juega el futuro real de la Gran Muralla Verde.




