Claves
- —Jóvenes japoneses están contratando agencias matrimoniales para evitar la incertidumbre de las citas por pantalla.
- —El omiai, un sistema tradicional de intermediación, vuelve a ganar espacio en Japón.
- —Una de las agencias más grandes asegura participar en aproximadamente uno de cada 25 matrimonios celebrados en Japón.
En Japón, una parte creciente de los jóvenes está recurriendo de nuevo al casamentero para buscar pareja y, eventualmente, casarse. El movimiento responde al cansancio por los perfiles falsos, el silencio repentino y la ambigüedad de las citas por pantalla, una dinámica que muchos consideran agotadora.
El regreso del omiai en tiempos de aplicaciones
Durante siglos existió en Japón el omiai, un sistema en el que familiares, amigos, conocidos e incluso jefes actuaban como intermediarios para presentar a dos personas con posibilidades de casarse. La práctica sobrevivió hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero fue perdiendo espacio frente a las relaciones espontáneas y, más tarde, frente a las aplicaciones de citas.
Ahora el péndulo parece moverse en sentido contrario. Las agencias matrimoniales están registrando una entrada récord de jóvenes y en el metro de Tokio han aparecido anuncios que condensan el cambio de época: “Mejor un omiai que 100 swipes”.
Varios jóvenes describen que la búsqueda digital resuelve la escasez de candidatos, pero abre otro problema: demasiados perfiles, demasiadas conversaciones y pocas señales claras sobre las intenciones reales de la otra persona. En el New York Times, Taizen Yasuda, de 28 años, explicó que decidió pagar por una agencia porque quería eliminar la incertidumbre desde el principio.

Una industria que vende eficiencia y acompañamiento
Uno de los grandes beneficiados es IBJ, un gigante de Tokio que asegura participar ya en aproximadamente uno de cada 25 matrimonios celebrados en Japón y cuya red ha aumentado sus miembros alrededor de un 50% en cinco años.
Su propuesta lleva el antiguo omiai a un modelo casi industrial: promete acompañar al cliente desde la presentación hasta la propuesta en tres meses y asigna a cada persona un asesor que supervisa prácticamente toda la relación. Además, no es barato: la matrícula puede superar los 1.000 dólares y algunas agencias cobran alrededor de 1.300 dólares adicionales cuando logran que una pareja se comprometa.
La diferencia frente a las aplicaciones está en el grado de intervención humana. Los asesores recomiendan cómo vestir, qué mensajes enviar, dónde organizar las citas e incluso realizan simulacros para detectar respuestas que puedan espantar a una posible pareja. Cuando dos clientes comienzan a verse, sus respectivos consejeros intercambian entre bastidores las impresiones de cada uno y filtran la opinión posterior a las citas, una tarea que IBJ denomina “trabajo de Cupido”.
Ese acompañamiento también viene con reglas. IBJ restringe generalmente la entrada a personas con ingresos estables y algunas agencias fijan límites de edad distintos para hombres y mujeres. También controlan la evolución de las relaciones y contemplan una penalización de unos 1.300 dólares para parejas que incumplan determinadas normas, entre ellas mantener relaciones sexuales prematrimoniales o comenzar a convivir.
La crisis demográfica detrás del cambio
Todo este giro ocurre mientras Japón intenta frenar una crisis demográfica que lleva años reduciendo su población. Como los nacimientos fuera del matrimonio siguen siendo poco habituales, aumentar el número de parejas casadas está estrechamente relacionado con cualquier intento de elevar la natalidad.
IBJ presenta esa conexión como parte de su misión. Tras dos años consecutivos de aumento de los matrimonios, los nacimientos durante la primera mitad de 2026 crecieron un modesto 0,8%, el primer incremento para ese periodo en 11 años. En ese contexto, algunos jóvenes japoneses están volviendo a una idea muy antigua para resolver un problema muy actual: que una persona les presente a la pareja adecuada.



