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Cuando el terror se apoderó de la embajada de Japón en Perú

Una fuerte explosión seguida de ráfagas al aire de ametralladoras quiebra el ambiente festivo y diplomático que a las 10:21 de la noche del 17 de diciembre de 1997 se desarrolla en la lujosa residencia oficial del embajador de Japón en Perú. De golpe, cerca de 600 invitados del acontecer político, social, militar, eclesiástico, económico, académico y cultural son secuestrados por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (Mrta). 

El fuego cruzado que se produce deja rápido fuera de combate a los guardias de seguridad que se encuentran dentro de la mansión de los años 40 inspirada en los lujosos palacios de las plantaciones de Carolina del Sur (EE UU). “La embajada está controlada por el Mrta. ¡Por favor, no disparen!”, le dice el embajador Morihisa Aoki a los policías que se encuentran en las afueras de la casona. Así se acaba la recepción en honor al cumpleaños de Aoki, pero comienza uno de los capítulos más sangrientos, tensos y polémicos de la historia contemporánea del Perú. El entonces presidente Alberto Fujimori enfrenta una de sus pruebas más duras. Los ojos del mundo están puestos sobre él y los 14 secuestradores.

 Los guerrilleros que irrumpen encapuchados y armados hasta los dientes con fusiles AKM exigen el canje de los rehenes por sus militantes presos en las cárceles peruanas y algunos pocos en Bolivia. La organización subversiva ha sido golpeada por el Gobierno de Fujimori. La seguridad es uno de los fuertes del Mandatario de origen nipón. 

Desde aquella noche hasta el fin del sometimiento pasarán 126 días de arduas negociaciones. Especulaciones y noticias oficiales y extraoficiales irán y vendrán. 

Por cerca de 18 semanas los nervios estuvieron de punta. Los guerrilleros comandados por Cerpa Cartolini amenazan con matar a todos los rehenes si sus demandas no son cumplidas o se intenta algún rescate.

Minutos antes que los invitados escucharan la explosión con la que los violentos derrumban una pared de la residencia diplomática, una ambulancia se estaciona detrás de la mansión. El cordón de seguridad exterior la deja pasar sin hacer mayores preguntas, aunque en su interior lleva los 14 guerrilleros dispuestos a jugárselas todas. El envalentonado Cartolini está seguro que Fujimori cederá a sus demandas.

A las 7:30 pm el embajador y su esposa comienzan a recibir a los invitados. De suntuosos vehículos se bajan, glamurosamente vestidos y perfumados para la magna celebración. El olor a jazmín de la residencia se mezcla con el olor de la típica comida japonesa que de la cocina emana. Todo está protocolarmente preparado. No hay espacios para la improvisación, pero sí para las sonrisas que caracterizan a este tipo de reuniones en la que la alcurnia se da cita. 

Entre copas se desarrollan conversaciones de tonos moderados y peculiares acentos en español que se escuchan de los embajadores que de todo el mundo dijeron presente para compartir con Aoki. El aire acondicionado de la quinta hace olvidar el calor que el verano provoca en esta época del año por las tierras de una vez habitaron los incas. Empero, súbitamente todo cambia. El bombazo que tumba la pared pone en alerta a todos. La mayoría piensa en el estallido de un carro bomba en las cercanías de la zona residencial de San Isidro… Sin embargo, al entrar los guerrilleros disparando la realidad le explota en la cara a cada invitado. Muchos, entre ellos mujeres trajeadas y encopetadas, corren  gritando sin saber realmente hacia dónde. Tras tomar control de la situación, Cartolini no tarda en informar de lo que se trata. 

Los presentes con las manos entrelazadas en la nuca son conducidos a los diferentes salones y obligados a acostarse en el piso, menos Aoki, quien se niega. Así se desarrollan las primeras horas, hasta que tras la mediación del representante de la Cruz Roja Internacional, Michel Minning, uno de los rehenes, a las mujeres más un hombre en silla de ruedas se les permite salir de la vivienda diplomática. Quedan 379 personas, 118 de ellas extranjeros. 

Con el paso de los días y las semanas, poco a poco más secuestrados son liberados. Pero mientras eso sucede, el tiempo pasa muy lento para los cautivos, la rutina los arropa día y noche. El desayuno consiste en café con pan a partir de las 7:00 de la mañana. El almuerzo de arroz con carne o con pollo llega cada mediodía, platos que se repiten en la cena. 

“Toda la comida era supervisada por los del Mrta para ver si había armas o mensajes. Ésa era la rutina. Entre los secuestrados estaba al inicio un colombiano de la Organización de la Salud. Fue él quien organizó un sistema de gimnasia para botar los nervios y las energías”, cuenta en un libro sobre su experiencia el sacerdote y economista Juan Julio Wicht. “Había gente que se entretenía con naipes o leyendo libros. Los del Mrta practicaban su defensa frente a un presunto ataque militar o policial”, agrega. 

Las negociaciones, entre tanto, pasan sin rendir frutos. Fujimori finge negociar y juega con el tiempo. La popularidad está a su favor.

Cartolini un día de abril de 1997 rompe las negociaciones con el Gobierno al escuchar ruidos que asocia a la construcción de túneles. Fujimori y su equipo guardan silencio.

Quedan ahora 72 rehenes. 

“¡Un mes no es nada, dos meses son nada! ¡Un año no es nada!”, cantan los guerrilleros la mañana del día 126 del secuestro (22 de abril), el último.

Luego los emerretistas escuchan una charla de Wicht sobre su campo de formación.  El religioso los trata de convencer de que la economía socialista ha fracasado. Cartolini aprovecha para escribir una carta al cardenal Juan Luis Cipriani, mediador en las negociaciones. 

A eso de las 3:10 de la tarde los sometidos son informados sobre el inminente rescate. Unos creen, otros son escépticos. Militares y policías mediante un “bipper” han mantenido comunicación con el exterior y han estado al tanto de los túneles y del operativo Chavín de Huántar con el que un grupo élite de  140 hombres planea el rescate. Las sospechas de Cartolini son ciertas.

A las 3:21 pm los terroristas juegan fútbol en el primer piso; arriba, todos los secuestrados. A esa hora exacta estallan los explosivos en los túneles y salen los comandos con sus rostros pintados, lanzan bombas de humo, avanzan rescatando a los rehenes y matando a todos los emerretistas. También muere uno de los secuestrados (juez) y dos de los del comando élite. Antes de las 4:00 pm  ya toda la situación está totalmente controlada. 

 La operación cuenta con la ayuda de  inteligencia que había sembrado dentro de la residencia —en libros, guitarras y vírgenes— varios micrófonos y cámaras ocultas.

El plan de Fujimori resulta casi perfecto, pero tres años después salió por la puerta de atrás del Gobierno.  

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