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Bette Graham, la secretaria que convirtió sus errores en un negocio multimillonario

En la década de 1950, cuando las computadoras aún no formaban parte de la vida cotidiana y cada error en una página mecanografiada podía obligar a volver…

En la década de 1950, cuando las computadoras aún no formaban parte de la vida cotidiana y cada error en una página mecanografiada podía obligar a volver a empezar desde cero, Bette Nesmith Graham encontró una solución casera para tapar sus equivocaciones. Lo que comenzó como un recurso para sobrevivir al trabajo de oficina terminó convirtiéndose en Liquid Paper, un producto indispensable para corregir errores escritos y mecanografiados, y en una empresa valorada en millones de dólares.

De secretaria a inventora por necesidad

Bette nació en 1924 en Dallas, Estados Unidos. De niña quiso seguir el camino artístico de su madre y se interesó por el dibujo y la pintura. A los 17 años se casó con el soldado Warren Nesmith y al año siguiente nació su hijo, Michael.

Después de la Segunda Guerra Mundial, su situación cambió. Warren la abandonó y Bette comprendió que su talento artístico no bastaba para sostenerse a ella y a su hijo. Como ya había trabajado como secretaria antes de casarse, consiguió empleo en el Texas Bank, pero las nuevas máquinas de escribir electrónicas le resultaban difíciles de dominar.

Los errores tipográficos se acumulaban y no tenía tiempo para reaprender a escribir con aquella tecnología. Entonces recordó una práctica de los pintores: cubrir los fallos con otra capa de pintura. A partir de esa idea, preparó una mezcla blanca con pigmento y otros ingredientes para aplicarla sobre las letras equivocadas.

En una charla en el Rotary Club de Texas en 1977, explicó que fue a su casa, tomó un frasco, mezcló pigmento blanco con una solución, añadió otros componentes para que penetrara en el papel y luego llevó un pincel de acuarela a la oficina para corregir sus errores. También aclaró que no pensaba en crear un producto para vender en todo el mundo ni en ganar una gran fortuna. “Solo intentaba ser una mejor secretaria”, dijo.

El producto que nació en la cocina

La idea funcionó. Su jefe no se dio cuenta del truco y, cuando mostró el líquido a otras secretarias, ellas también quisieron usarlo. Eso la llevó a buscar una fórmula más eficiente.

Para mejorar el producto, acudió a la biblioteca en busca de referencias sobre pintura al temple y luego comenzó a pedir muestras a empresas químicas. Preparó pruebas en su cocina con base en sus propios conocimientos, pero reconoció que no era química y que cometió muchos errores. En una ocasión, incluso se le incendió la cocina.

Finalmente consiguió una fórmula que se secaba rápido y era ignífuga. Con pequeños frascos de esmalte de uñas, puso en marcha el negocio bajo el nombre de Liquid Paper, que en español significa papel líquido.

Empezó enviando muestras a revistas de material de oficina y pronto recibió tantas respuestas que el trabajo la desbordó. “Trabajaba todo el día como secretaria y a veces me quedaba toda la noche contestando el correo”, recordó.

El crecimiento de Liquid Paper

Para 1962, Bette vendía alrededor de 1.000 frascos por semana. Entonces dejó su empleo y contrató personal. Su mano de obra inicial estuvo formada por su hijo de 15 años y los amigos de él, que trabajaban después de la escuela por un dólar la hora.

La producción dejó la cocina y se mudó a una casa rodante instalada en el jardín trasero. Más tarde, Bette se casó con su segundo marido, Robert Graham, quien se incorporó al negocio.

En aquella etapa no contaban con vendedores. Bette y su esposo viajaban en automóvil, entraban en una ciudad, consultaban la guía telefónica y llamaban a distribuidores de materiales de oficina. Según explicó, en muchos pequeños negocios eran las secretarias quienes tomaban las decisiones sobre los suministros, y precisamente ellas valoraban Liquid Paper porque les ahorraba tiempo y evitaba errores costosos.

Para 1965, la empresa ya tenía nueve empleados y una línea de producción automatizada. Cuatro años después se trasladaron a su primera planta, y dos años más tarde iniciaron su expansión internacional con instalaciones en Canadá, Bélgica y otros países.

En 1973, aquella madre soltera que había empezado con una idea casera había levantado un negocio global que vendía 25 millones de botellas al año. Las campañas en español resumían el producto con la frase: “Corrige tu vida… corrige lo incorregible”.

Un divorcio conflictivo y una venta millonaria

Mientras el negocio crecía, la vida personal de Bette se complicó. En 1975 se divorció de Robert Graham en medio de una ruptura agria. Él intentó expulsarla de la empresa e incluso trató de cambiar la fórmula de Liquid Paper para quitarle a Bette el derecho a recibir regalías por las ventas futuras, pero ella logró conservar el control.

Cuatro años más tarde, en 1979, negoció la venta de su compañía a Gillette por US$47,5 millones, una suma muy alta para la época, equivalente a unos US$215 millones de hoy.

Gillette ya era propietaria de Tipp-Ex, un producto similar desarrollado casi al mismo tiempo por el empresario alemán Wolfgang Düring, que había logrado dominar buena parte del mercado europeo de correctores.

El legado de Bette y de su hijo Michael

Bette solía defender la idea de que incluso en un empleo aparentemente rutinario se podía innovar. En una charla en Texas afirmó que, si una persona cree que su trabajo no ofrece oportunidades para la creatividad, se equivoca, porque es posible crecer profesionalmente desde el lugar donde se está.

En su propia empresa procuró que hubiera guarderías, bibliotecas y zonas verdes. También utilizó su riqueza para crear fundaciones destinadas a respaldar a mujeres vinculadas con el mundo empresarial y artístico. Como Científica Cristiana devota, entendía su fortuna como una herramienta para impulsar a otras personas.

“Las mujeres sufren una discriminación terrible. La mayoría de los hombres son ignorantes, realmente no entienden. Así que las mujeres tienen que seguir adelante con su determinación y ser incansables”, expresó en una de sus intervenciones.

Su hijo Michael Nesmith fue su primer empleado: empacaba cajas en la cocina. Años después, inspirado por su madre, desarrolló su propia creatividad como integrante de la popular banda televisiva y musical The Monkees en la década de 1960.

Michael también ayudó a darle visibilidad a Liquid Paper. En una grabación promocional dijo: “Mientras yo hacía música con The Monkees, una secretaria muy inteligente también estaba creando un éxito número uno: Liquid Paper. Esa secretaria era mi madre. ¡Qué buena idea, mamá!”.

La influencia de Bette sobre su hijo quedó reflejada también en la trayectoria musical de Michael y en su papel como figura clave en la producción de los primeros videoclips musicales. Su historia quedó como ejemplo de cómo una necesidad cotidiana pudo transformarse en una empresa global y en una oportunidad para abrir camino a otras mujeres.

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