Un estudio publicado en 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences propone que el rechazo al canibalismo no depende solo de la cultura o la ética, sino también de una ecuación biológica que, en la mayoría de los escenarios, resulta desfavorable.

La ganancia inmediata no compensa el costo acumulado

El trabajo, elaborado por Michal Misiak y Petr Tureček, modela el canibalismo como una decisión de forrajeo: calorías obtenidas frente a costos acumulados. La conclusión principal es que, aunque en situaciones extremas puede aportar energía, la práctica termina perjudicando la viabilidad de una población cuando se observan sus efectos a más largo plazo.

Los autores advierten que su modelo no pretende explicar por completo un tabú tan universal, sino ofrecer un marco cuantitativo para entender por qué la antropofagia sostenida resulta una estrategia perdedora en la mayoría de las condiciones ecológicas.

El riesgo sanitario aparece después, no en el momento

El modelo sostiene que el problema no se limita al valor nutritivo del tejido humano. También pesan el riesgo de enfermedad, el desgaste de la cooperación grupal y la violencia asociada a la obtención del recurso. Es decir, el costo no se manifiesta de inmediato, sino más tarde, cuando la desconfianza y los daños sanitarios empiezan a acumularse.

El caso del kuru ilustra ese punto. Esta enfermedad neurodegenerativa, asociada al consumo ritual de tejido cerebral humano entre el pueblo fore de Papúa Nueva Guinea, podía tardar entre 34 y 41 años en manifestarse, con casos documentados de hasta 56. Ese desfase hizo que el daño permaneciera oculto durante generaciones.

Los episodios extremos no convierten la práctica en costumbre

La investigación también revisa episodios de supervivencia extrema, como el asedio de Numancia en el año 133 a. C., el cerco de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, el naufragio del ballenero Essex en 1820, la tragedia del Donner Party en 1846-1847 y el accidente aéreo de los Andes en 1972. En todos esos casos, la antropofagia aparece como una respuesta aislada a una coacción excepcional, no como una costumbre estable.

Según el análisis, eso no contradice el modelo: lo confirma. La práctica puede reaparecer en un colapso absoluto, pero no se sostiene como sistema duradero porque los costos ocultos terminan imponiéndose. En ese sentido, el tabú funciona como una barrera de contención frente a una estrategia que, a largo plazo, suele perder.

El artículo también cita Nature y un preprint previo en bioRxiv como parte del sustento documental del modelo.