Durante años se asumió que confiar en la ciencia bastaba para blindarse contra la desinformación. Pero un artículo publicado en Current Psychology propone una explicación más compleja: el problema no sería solo la desconfianza, sino la forma en que se entiende cómo avanza el conocimiento científico.
Confiar en la ciencia no significa creerlo todo
Confiar en la ciencia no equivale a aceptar cualquier afirmación pronunciada por alguien con bata blanca. Ese respaldo recae en un procedimiento: observaciones, experimentos, revisión por pares, reproducción independiente de resultados y rectificación constante de errores.
La fortaleza del método científico, según el texto, está justamente en que incorpora mecanismos para detectar sus propios fallos. Por eso, la ciencia resulta fiable no porque sea infalible, sino porque se corrige.
El artículo enlazado desde The Conversation resume esa paradoja: algunas personas valoran la investigación y, aun así, aceptan relatos sobre verdades ocultas, expertos perseguidos o avances silenciados.
La idea del genio perseguido alimenta la credibilidad
La investigación examinó el papel de la llamada mentalidad del genio, una visión según la cual los grandes avances dependen sobre todo de individuos excepcionales que desafían al consenso. Bajo ese esquema, resulta más fácil dar crédito a quien dice tener una verdad revolucionaria rechazada por instituciones académicas, gobiernos o empresas.
El estudio analizó las respuestas de 843 participantes estadounidenses para explorar el vínculo entre distintas concepciones de la ciencia y la susceptibilidad hacia teorías conspirativas. Al tratarse de un estudio correlacional basado en una encuesta transversal, no permite establecer causa y efecto.
Los autores encontraron asociaciones entre esa mirada sobre el avance del saber, la preferencia por fuentes informales de divulgación y una mayor aceptación de determinadas creencias conspirativas. Sin embargo, subrayan que esos datos solo muestran vínculos estadísticos.
Lo que revela la encuesta y sus límites
El trabajo no dice que escuchar pódcast, ver documentales o consumir divulgación informal convierta a alguien en creyente de conspiraciones. Tampoco sostiene que admirar figuras históricas lleve por sí mismo a aceptar pseudociencias.
Lo que sí apunta es que la confianza en los científicos apareció como un predictor más sólido que la adhesión abstracta a “la ciencia”. Ese matiz sugiere que la percepción de quienes investigan puede influir de forma relevante en estas creencias.
El texto también recuerda que muchas historias sobre descubrimientos presentan a una mente brillante enfrentada a la incomprensión general, cuando en realidad el progreso científico suele ser colectivo, con equipos internacionales, controles sucesivos y colaboración entre laboratorios.
Cómo cambia la forma de contar la ciencia
La conclusión más sugerente no es que confiar en la ciencia favorezca las conspiraciones, sino que el relato cultural sobre la investigación puede ayudar a explicar por qué algunas personas encuentran plausibles ciertos discursos.
Si se cree que los avances dependen de héroes solitarios perseguidos por el sistema, será más fácil que alguien adopte ese mismo papel para ganar credibilidad. En cambio, si se entiende que el conocimiento surge de pruebas, revisión y corrección, cambia la manera de evaluar afirmaciones extraordinarias.
Tal vez esa sea la enseñanza central: no basta con promover interés por la ciencia, también importa mostrar cómo funciona realmente.
Los resultados se publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences en un estudio relacionado citado entre las referencias del texto.
