China consiguió sortear con relativa solidez el impacto del shock energético provocado por la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, una ruta clave para el suministro global de petróleo. La interrupción afectó de forma directa a la segunda mayor economía del mundo, que depende en buena medida del crudo importado para sostener su actividad.
Un golpe a la principal dependencia energética
Antes de la crisis, cerca de la mitad de las importaciones chinas de petróleo provenían de países de Oriente Próximo. Ese peso hacía especialmente vulnerable al país ante cualquier alteración en el flujo de crudo desde el Golfo, una zona estratégica para el mercado energético internacional. El cierre del estrecho de Ormuz tensó el abastecimiento a escala planetaria y puso a prueba la capacidad de respuesta de Pekín.
Sin embargo, la reacción china permitió amortiguar el efecto inmediato. Una de las claves fue la existencia de una gran reserva de petróleo acumulada durante años. Esa disponibilidad dio margen para afrontar la interrupción sin la presión de una reposición urgente, lo que contribuyó a estabilizar el escenario interno en medio de la incertidumbre internacional.
Reservas, control y ajuste de compras
A esa medida se sumó la prohibición de exportar combustibles, una decisión que ayudó a preservar el suministro dentro del país. Al mismo tiempo, China redujo de manera drástica sus importaciones de crudo, una maniobra que evitó que el precio del petróleo se disparara todavía más en el mercado mundial. El ajuste no solo respondió a la emergencia, sino también a una estrategia más amplia para proteger la economía de su principal debilidad: la dependencia del petróleo y el gas natural.
