Ninguna cultura ha sido tan extremadamente pudorosa como la sociedad victoriana de los siglos XVIII y XIX, y muestra de ello eran los métodos que se usaban, por ejemplo, para disfrutar del verano, tanto en Europa como en cualquier otro lugar donde tuvieran influencia.
La vestimenta era una manifestación de poderío, y la competencia por lucir las mejores galas impulsó la industria hasta limites insospechados. La máquina de coser, los tintes químicos y los nuevos materiales procedentes de las colonias y protectorados, permitieron diseños más intrincados y prendas cada vez más sofisticadas y delicadas.
Por aquel entonces el cuerpo femenino no podía ser mostrado en público a menos que incorporará tres capas de ropa. Entre tanto paño, encaje y bragas de muselina, enseñar un tobillo por debajo de los 6 kilogramos de enaguas era casi una locura, por lo que cuando la natación recreativa se volvió moda allá por el siglo XIX, muchos fueron los puritanos que pusieron el grito en el cielo.
