El ocaso de una arteria industrial
La High Line de Manhattan cerró su ciclo ferroviario en 1980, cuando el último convoy que recorrió sus vías transportaba tres vagones repletos de pavos congelados. Este trayecto marcó el fin de casi 50 años de actividad industrial, durante los cuales el viaducto facilitó el transporte de mercancías sin interferir con el tráfico a nivel de calle. Anteriormente, la línea circulaba por la Décima Avenida, un tramo tan peligroso que fue apodado como de «Death Avenue», obligando a los trenes a avanzar precedidos por hombres a caballo con banderas rojas. Para mitigar estos riesgos, Nueva York optó por elevar las vías, pero la llegada de los camiones de carga terminó por dejar la infraestructura obsoleta tras aquel último viaje de 1980 pasaron por última vez en 1980.
De la demolición a la preservación
A finales de los años 90, la estructura enfrentaba una posible demolición impulsada por propietarios que buscaban revalorizar sus terrenos. Fue entonces cuando Joshua David y Robert Hammond fundaron Friends of the High Line, un movimiento vecinal que logró revertir la orden de derribo y convencer a las autoridades de su valor público. El proceso de diseño fue complejo, considerando propuestas tan inusuales como instalar una montaña rusa, hasta decantarse por un parque lineal que honrara la naturaleza que había brotado allí por puro abandono.
Hoy, el parque recorre 2,3 kilómetros de Manhattan, manteniendo la esencia de su trazado original entre edificios. La intervención actual, aunque requiere un mantenimiento técnico riguroso, busca recrear esa estética salvaje que convirtió a una reliquia de acero en un pulmón verde único en la ciudad.




