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En el aniversario de Jesús Soto, recordamos su última visita a Maracaibo

“Tengo una gran deuda espiritual con Maracaibo”, confesó el maestro Jesús Soto, genio del cinetismo, y uno de los artistas más universales de Venezuela. Esas fueron sus palabras previas a su última visita a Maracaibo, en el 2002.

Tal era su deuda con la capital zuliana, donde habitó durante tres años (1947 – 1950), que el creador nacido en Ciudad Bolívar un 5 de junio de 1923, dejó en Maracaibo dos importantes obras públicas: El Trigal, que estaba en el Paseo Ciencias y fue desmantelado por acciones vandálicas; más el Penetrable del Zulia, ubicado desde en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, Camlb, donde permanece hasta ahora.

“No tengo información de ninguna otra obra pública del maestro en Maracaibo”, constató Marlon Acosta, actual director del Museo de Arte Moderno Jesús Soto, de Ciudad Bolívar.

Ciertamente, apuntó Régulo Pachano, director Camlb, el Penetrable del Zulia, la única pieza líquida de Soto en el mundo, es también la única obra pública que queda en la región. “La ciudad no sabía lo que tenía”, opinó Pachano.

“El material de lo que estaba hecho El Trigal era de aluminio, pensado para la colecciones atmosféricas, pero no para el vandalismo”, determina Martín Sánchez, director de Museo del Camlb quien agregó que con el Penetrable del Zulia, el maestro quiso devolverle a los zulianos la posibilidad de bañarse en el Lago. “Por eso quiso que fuera agua lo que rellenara las lúdicas mangueras”.

Para Sánchez, la herencia de Soto en Maracaibo va más allá de sus obras. “Además de la plástica, está su legado formativo, porque siendo director de la Escuela de Bellas Artes de Maracaibo, hoy Escuela Nacional Julio Árraga, dejó su huella educativa en artistas como Lía Bermúdez, Francisco Hung, Homero Montes y Víctor Valera. Después de vivir en Maracaibo, se fue a París”.

“Y cuando regresó aquella última vez (en el 2002), él contaba que todo era como un reencuentro con sus recuerdos de la ciudad —rememoró Sánchez—. Quiso recorrer el mercado, buscar en el centro las arepitas que le gustaban y escuchar el Lago de Maracaibo. Su huella en Maracaibo es compartida”.

Lía Bermúdez, escultora y promotora cultural caraqueña, adoptada durante décadas por el Zulia, recuerda las enseñanzas de su maestro y amigo Soto con cariño: “Lo primero que él nos recomendaba era que no copiáramos nada de otros, que inventáramos. Sus clases eran paseos por la avenida El Milagro. Nos llevaba a ver el paisaje y dibujar, para luego crear. En la escuela todos lo animábamos a que se fuera a París. Sabíamos que allá se desarrollaría”.

Y el maestro siempre guardó ese agradecimiento con ese impulso que le dio Maracaibo. Así lo confesó a PANORAMA en septiembre de 2002: “Esa salida de Maracaibo a París constituye para mí una raíz muy fuerte. No quiero que suene a demagogia, pero me siento bastante maracucho”.

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