Foto: Archivo
Sven Alejandro Silva Perugini (Caracas, 1986) fue un muchacho tranquilo que le encantaba viajar y conocer al mundo.
A sus 29 años ya había paseado por Canadá, Irlanda, Brasil, Francia, Italia, España y otros países que, a su amigo Eduardo Morín, se le escapan.
Se conocieron cuando ambos soltaban la camisa beige del liceo e iniciaban la vida universitaria. Más preciso, sus caminos se juntaron en el 2004.
La primera impresión que le causó Sven a Eduardo fue la de un muchacho tímido, a la vez gracioso, tranquilo y noble con la gente. Los dos habían coincidido en el mismo salón donde se cursaba el primer semestre de la carrera Técnico Superior en Informática, en el Instituto Universitario de Tecnología Federico Rivero Palacios, en San Antonio de los Altos, estado Miranda, ciudad donde ambos vivían.
“Estudiamos juntos tres años. Siempre tenía buen humor y algo para hacerte reir. Eso hizo que cosechara tantas amistades sinceras. En clase nunca se complicaba por nada. Cuando teníamos las presiones de los exámenes decía: ‘No hay problema. Esto no es difícil’. Y al final nos salvamos juntos”.
A Sven le encantaba viajar. Todavía no conocía Estados Unidos.
Dado el horario estudiantil tan extendido —desde las 8:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde—, el grupo de amigos compartía en demasía. Y en esas horas Sven conversaba mucho de las comidas típicas italianas, de donde tiene orígenes.
Le encantaban las pizzas y las pastas. Quizá, por eso tenía una lucha constante con su peso. Y aunque vivió un tiempo en Italia, le confesó a sus compañeros que la mejor pizza era la venezolana, porque la italiana era muy sencilla, simple y le faltaba sabor.
El talento de Sven le permitió al graduarse conseguir empleo en el Departamento de Sistemas de Digitel, en Caracas, donde también resultó empleado su amigo Eduardo. La presión estudiantil había cesado, pero ahora eran sometidos a otras responsabilidades que ameritaban presiones distintas: entregas de proyectos fuertes.
“Él siempre tenía buena actitud ante las situaciones estresantes. Nos decía: ‘Todo va salir bien’. Era muy optimista y relajado”.
Poco a poco Sven juntó dinero para comprarse su primer carro: Un Renault Logan, vinotinto, convirtiéndose en el primero de los amigos en tener uno. En él dibujaría otro episodio de su corta vida: paseó hasta el cansancio, y le daba el aventón a sus compañeros. El Renault era la unidad oficial para los traslados de los muchachos a los locales nocturnos de San Antonio, donde compartían la libertad de ser jóvenes y donde sus amigos le decían, buscando su reacción y celos: “Nos gusta tu hermana Asvany. ¿No te pones bravo si ella se casa con alguno de nosotros?”.
Y él los miraba serio y les respondía en modo tranquilo: “Bueh, si ella quiere. Yo no me puedo oponer, ni meter en eso”.
Habiendo perdido luego el Renault en un accidente en la carretera Panamericana, cuando regresaba de su trabajo a casa, el seguro le pagó el daño y con el dinero pudo comprarse su nuevo carro, un Aveo, plateado; el mismo que vendió hace dos años para emprender su viaje eterno. Porque Sven, el mayor de dos hermanos, y único varón, hijo adorado del profesor universitario Asdrúbal Silva y de Giovanina Perugini, siempre fue un alma libre.
Sería Francia, el país que menos le gustó de todos los explorados para vivir (aunque notó que era una bonita opción para visitar), donde dejaría su último resuello.
“Antes de irse a Europa estuvo en Canadá, como seis meses, haciendo un curso de inglés. Regresó y después se mudó a Italia donde estuvo seis u ocho meses más. Me dijo que no se adaptó porque vivía en las afueras, rural, y no se sentía cómodo”, dice Eduardo.
Al volver a Venezuela motivado a emigrar y no regresar de nuevo, decide estudiar inglés en Irlanda acompañado de su hermana. Pero estudiando allá tuvo problemas con las divisas otorgadas en dólares y debió moverse de sitio.
Su amigo Félix Salazar (uno de los sobrevivientes del atentado en el teatro Bataclan), quien tenía siete años viviendo en Francia porque había salido beneficiado con una beca de Fundayacucho, le consiguió una opción laboral en Paris, en el área de Sistemas. Y Sven resistió al estilo de vida francés alrededor de seis meses, sin adaptarse, por el idioma. Es entonces cuando decide mudarse a Palma de Mallorca, España, donde su amigo Alfredo Reyes (el otro sobreviviente del atentado terrorista) estaba instalado trabajando y le consiguió oportunidad laboral en el área de Sistemas.
Tanto Félix como Alfredo fueron también sus entrañables compañeros de universidad.
Alfredo y Sven compartirían el mismo lugar para vivir, porque los gastos para vivir en España eran muy altos. Ya tenía más de seis meses viviendo allá, un país que le encantaba y donde se había adaptado muy bien. La oportunidad del concierto en Francia se presentó y el trío de amigos no la desaprovecharía. Una de sus bandas favoritas (Eagles of Death Metal) estaría en el Teatro Bataclan. Moverse no sería problema, porque su amigo Félix los recibiría.
“Hace dos semanas hablamos. Lo hacíamos constantemente. En la última conversación que tuvimos le pregunté si volvía a Venezuela. Me dijo que no. Que llevaría a su mamá para allá. Así lo visitaba y conocía algo del viejo continente. Me invitó a visitarlo. Y le dije que lo haría en el 2016. Me esperaría durante el verano. Estaba muy contento porque estaba bajando de peso, su lucha. Tenía más de ocho meses que no se cortaba el cabello y había bajado de la talla 40 a la 36. Su meta era llegar a la 34 en pantalón. Estaba en un proceso de cambiar de look”, dice Eduardo.
Tenía más de ocho meses que no se cortaba el cabello. Un nuevo y divertido look.
Sven adoraba a su mamá “Gina”. Siempre la tenía presente en sus pensamientos y corazón. En Palma de Mallorca, cuando vivió solo un tiempo, su compañía fue su mamá vía redes sociales.
¿Recuerdos? Muchos. El más especial en Brasil 2012, cuando un grupo de amigos, incluyendo Eduardo viajaron a Río de Janeiro.
“Nos pasaron cosas muy locas. Se perdió una noche en la playa Copacabana. ¡Y apareció en la mañana! Cuando nos levantamos él estaba durmiendo en su cama como si nada hubiera pasado.La cama estaba llena de arena. Había comprado pan, jamón, queso, refresco, había rellenado panes Y nos dejó una nota: ‘Ojo el refresco de lata es para el ron. No se lo tomen”.
En un viaje con amigos para Copacabana, en 2012, donde disfrutaron mucho.
A Sven, el chico que le encantaba la banda U2 y Foo Fighters, no le gustaban los planes permanentes. Dibujaba su camino según se fuera adaptando. En España se sentía muy cómodo, aunque extrañaba a su gente. En casa de su hermana Asvany, en Inglaterra, se reunirían todos esta Navidad, incluidos su papá y mamá.
“Se fue una vida valiosa, soñadora, feliz. Su familia perdió la mitad de su descendencia. Las consecuencias de esta violencia la están pagando quienes menos lo merecen”.
Esta Navidad tenía planes de pasarla con sus padres en Inglaterra.