El zuliano Mervin Chávez recién rompió el récord del mejor promedio en la facultad de Medicina de La Universidad del Zulia después de 21 años. Quiere especializarse en psiquiatría y apoyar con investigaciones el mundo de las enfermedades mentales. “Nunca jugué a ser Dr. House”.
Luis Aguirre
Hijo de un médico pediatra y una comunicadora social, Mervin Chávez Castillo, con 24 años, se convirtió, hace dos semanas, en el promedio más alto en la historia de la facultad de medicina en La Universidad del Zulia.
Se graduó con 19,33 y rompió el récord que ocupaba su profesora de farmacología (la doctora Raquel Álvarez) desde hace 21 años. “No me vean como un genio”, advierte con un sonrisa y confiesa que lo suyo es una suma de esfuerzo y disciplina. Eso sí, hace la salvedad, que contó con el apoyo de su padre, profesores y compañeros de clase. “No llegué solo”, resuelve con humildad.
No tiene la típica historia del niño que jugó a ser médico. “Cuando me tocó decidir qué iba a estudiar mi padre me dijo que ni se me ocurriera elegir medicina porque es una carrera muy sacrificada. Me hice el sordo a pesar de no estar seguro si era lo que quería. Sin embargo, la prueba vocacional en el colegio Santa Ángela me lo confirmó”.
Puertas adentro en LUZ descubrió, en los primeros semestres, con las materias más científicas, que no se había equivocado. “Y me dije: soy bueno en esto, me gusta”. Él considera que en Venezuela “nos toca elegir muy temprano, a los 15 años ya te están obligando saber qué profesión tener cuando ni siquiera sabes quién eres. Además hay mucha desinformación”. La única referencia con la medicina era su padre y por experiencia propia conocía que requería dedicación a tiempo completo.
“Y es que aquí nos pintan medicina como si fueras a escalar el Everest descalzo y sin swetter. Yo pensé que quizás no iba a poder. Suena irónico, pero fue fácil, supe mi promedio final el día de la graduación, no era mi objetivo principal. Cuando comencé a estudiar visualicé que al terminar tendría una consulta y pacientes”.
La realidad es otra. Para llegar a eso debe trabajar mucho. En enero inicia las rurales por un año ( o dos años si es internado en un hospital). Es decir, será un médico de menor rango. “Básicamente lo que hacemos es atención primaria. Uno cree que al graduarse será el próximo Dr. House y que va a tratar enfermedades súper extrañas (risas) y no es así. Tuve una profesora en el último año de estudios quien nos puso los pies sobre la tierra, nos dijo: ‘¡Miren muchachos, sus primeros pacientes serán la señora vecina que le duele la cabeza todos los días y el nieto que tiene fiebre’ y así. Eso no es malo. Llegas a mayor número de personas”.
La mayoría de sus ahora colegas siempre anhelan salir directo a un quirófano como cirujano cardiovascular, por ejemplo, y resulta que “somos médicos de atención primaria”, explica.
Desde el tercer año de la carrera tienen la oportunidad de recibir clases y hacer prácticas en los hospitales y en ambulatorios. “Desde ese momento ya sabes lo que vamos a hacer recién graduado y los recursos que hay, qué se puede hacer y ofrecer. Uno quisiera poner en práctica todo lo que está en el libro pero esa no es la realidad”.
Lo bueno de lo malo, expone Mervin, “es que tenemos que estudiar más para poder resolver con pocos recursos”. “Y es la mejor oportunidad que tenemos para acercarnos más al paciente. Salimos de la universidad con una ventaja o caracteristica que nos diferencia: los médicos de LUZ atienden mejor al paciente, lo examina más, en vista de la crisis de recursos. Yo lo veo positivo en estos momentos cuando hay alertas en el mundo científicos sobre que la medicina se está deshumanizando y es verdad”.
Él analiza la situación crítica de la salud en Venezuela y no se detiene al problema de la falta de camas o medicamento, sino en esa opción que tiene de humanizar la medicina. “Quizás no se pueda brindar atención a todos los pacientes ni el médico dispone de más horas para atenderlos a todos, pero allí es cuando se pierden las oportunidades. Antes el médico de cabecera abordaba otros aspectos de la vida del paciente, ahora no pasa eso. Incluso, en otras partes del mundo, donde tienen acceso a más tecnología, es peor. Se han automatizado muchas tareas del médico y se ha perdido ese contacto con el paciente. Hoy todo el mundo vive más apurado, y ahora los pacientes no quieren ir a la consulta sino conectarse por skype o whatsapp. La medicina está deshumanizada. Lo más terrible es que a veces el paciente solo quiere un reposo”.
Mervin lo que sí tiene claro desde que le pusieron las dos medallas el pasado 13 de diciembre, en su graduación, es ese compromiso de entender al paciente como humano. “Ciertamente el promedio ayuda mucho. Pero soy más que un promedio. Parto de la idea que somos nosotros y nuestra circunstancias”. Por sus logros puede ser profesor en LUZ. Eso está dentro de los beneficios. Y él antes de pensar en ser médico quería ser docente. Ahora lo puede cumplir. “Me gustaría clase de psiquiatría. Me gusta porque e s la especialidad médica más nueva, los primeros medicamentos no tienen ni 100 años. Hay mucho por investigar y conocer todavía. Creo que es la especilidad que más le cambia la vida a una persona, no es solo aliviar un dolor y ya. Es más bonito ver a un paciente recuperarse también espiritualmente, descubrir que además de los medicamentos lo único que necesitaba era apoyo para restablecer su estado biopsicosocioespiritual. La idea es que todos los enfermos puedan volver a ser una personal funcional, que se pueda desarrollar en todos los aspectos de su vida de manera sastifactoria, más allá de sus limitaciones del cuerpo o la mente”.. Él hizo servicio en el Centro de atención al esquizofrénico y familiares (catesfam) y allí entendió la importancia de ayudar a retomar la vida de una persona que escuchando voces. Es la única manera de desmitificar las enfermedades mentales. “La esquizofrenia es una de las enfermedades menos palpable a diferencia del corazón, el pulmón o cualquier órgano. Y es que todavía nos cuesta definir qué es la mente”. Mervin expone que es lamentable que a los pacientes psiquiátricos se le vean siempre como poseidos. “En Latinonamérica las primeras alucinaciones buscaron ayuda en la religión”. Desde su punto de vista, la esquizofrenia es una enfermedad mental muy fácil de tratar. “Pero vivimos en una sociedad que todavía le gusta sensacionalizar este tipo de enfermedades”.
Él recuerda que cuando su mamá lo dejaba en el hospital psiquiátrico le advertía que tuviera mucho cuidado no fuera a ser que un paciente lo atacara. “Yo tenía un amigo bipolar y un día se lo dije a mi mamá y me respondió: ¿y vos lo traes a la casa?”, cuenta. A su juicio, la gente ha ficcionado la realidad de las enfermedades mentales. “Esto no es la serie American Horror Story. Ni tampoco una película de terror en la que siempre tiene que haber un psicópata. No hay que irse a los extremos, porque también se hacen novelas rosas, sobre todo cuando nos excusamos con las depresiones. O peor, ahora todos son bipolares a lo Britney Spears. La realidad es que hoy la depresión es la primera causa de ausentismo laboral en el mundo”. Sin duda, la salud mental le apasiona mucho aunque todos los días le digan en su cara que ha sido un desperdicio de promedio para dedicarme a la psiquiatría. “Es una especialidad estigmatizada no solo por la sociedad, también en la comunidad científica. Es lamentable que se desprecie tanto en el mundo médico, es un área tan importante como la oncología. La salud no solo es el cuerpo sino también la mente. Si cuando nos duele algo en el cuerpo no dudamos ni un segundo en buscar ayuda, por qué cuando te duelen tus emociones no lo haces también, ¿por qué no pedimos ayuda con lo que sentimos emocionalmente?”. Es una pregunta que deja abierta el mejor promedio de la historia de la facultad y practicante de yoga.