Tyler Jagt, profesor universitario de literatura, ha descrito una situación que le preocupa en sus aulas: varios estudiantes no consiguen leer un texto de…
Tyler Jagt, profesor universitario de literatura, ha descrito una situación que le preocupa en sus aulas: varios estudiantes no consiguen leer un texto de 20 páginas ni seguir con claridad su hilo argumental. El docente atribuye este deterioro a la combinación de teléfonos inteligentes e inteligencia artificial, mientras distintos indicadores en Estados Unidos y España reflejan debilidades en comprensión lectora.
Un texto de 20 páginas que ya resulta inabordable
Jagt cuenta que desde hace cinco años asigna a sus alumnos de retórica y escritura la misma tarea: leer un artículo de 20 páginas. Este curso, afirma, ninguno de sus estudiantes completó el trabajo. No se trataba de repetidores, sino de universitarios que ya habían superado las pruebas de acceso.
Uno de ellos le explicó con franqueza que el texto le resultaba demasiado largo y que perdía constantemente el hilo del artículo. Para el profesor, este tipo de respuesta forma parte de una tendencia más amplia que se ha vuelto cada vez más visible en el aula.
Los datos que alimentan la preocupación
En Estados Unidos, los resultados de la evaluación nacional de progreso educativo de 2024 mostraron que los alumnos de doceavo grado obtuvieron la peor puntuación en lectura desde que comenzó la medición en 1992. Un tercio alcanzó apenas el nivel básico, lo que implica dificultades para extraer conclusiones generales a partir de conceptos presentados de forma explícita en un texto.
La situación es todavía más grave en edades tempranas. Un estudio de la fundación Annie E. Casey indica que el 70% de los estudiantes de cuarto grado no es capaz de leer con fluidez.
En España, el panorama tampoco es favorable. De acuerdo con la OCDE, al menos un tercio de la población tiene una comprensión lectora de nivel 1, es decir, solo puede entender textos muy breves con poca información que distraiga. Además, un informe de la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas señala que los españoles de entre 25 y 34 años, pese a haber estudiado más que sus padres, avanzan mucho más despacio en competencias básicas.
La tecnología en el centro del debate
Jagt sitúa parte del problema en la tecnología, en especial en la expansión de los smartphones y, más recientemente, de la inteligencia artificial. La idea de que los avances tecnológicos deterioran nuestras capacidades mentales lleva décadas presente en el debate público, y con la irrupción de la IA esa inquietud se ha intensificado.
El uso de herramientas como ChatGPT en trabajos académicos ya está extendido, aunque todavía no hay consenso sobre sus efectos cognitivos. Hasta ahora no existe evidencia concluyente de que la tecnología provoque daño cognitivo, aunque sí cambios en la forma en que procesamos la información.
Deuda cognitiva y rendición cognitiva
Entre los conceptos que han surgido en estudios recientes está la llamada deuda cognitiva, a partir de una investigación del MIT titulada Tu cerebro en ChatGPT. En ese trabajo, las personas que usaron ChatGPT obtuvieron el peor rendimiento cerebral al redactar ensayos, y los investigadores concluyen que sustituir por completo el esfuerzo mental puede debilitar las conexiones neuronales.
Otro estudio de la Universidad de Pensilvania introduce la idea de rendición cognitiva, que aparece cuando se delega el pensamiento en la IA y se aceptan sus respuestas con demasiada confianza. A ello se suma una investigación de la Universidad de Oxford que observó un empeoramiento del rendimiento cuando se usa inteligencia artificial y luego se retira.
La clave, sin embargo, no estaría solo en usar o no estas herramientas, sino en la manera de hacerlo. En varios de estos estudios, quienes emplearon la IA como apoyo obtuvieron resultados muy similares a los de los grupos que no la usaron. El matiz, por tanto, está en si se utiliza como sustituto del razonamiento o como parte del proceso de trabajo.
Los teléfonos inteligentes y la lectura fragmentada
Además de la IA, Jagt también apunta a los smartphones. Entre los trabajos que cita figura un estudio de 2017 que observó que la simple presencia del móvil reducía la capacidad cognitiva disponible, así como otro de 2022 que vinculó la lectura en el teléfono con sobrecarga prefrontal y menor concentración.
El problema, según esta visión, no se limita al aparato en sí, sino al entorno de consumo que generan las redes sociales y el doomscrolling. La exposición constante a tuits, publicaciones, reels y videos cortos habría acostumbrado a los estudiantes a recibir información fragmentada, lo que vuelve más difícil afrontar textos largos.
Ante ese escenario, Jagt ha empezado a adaptar sus clases: divide los trabajos en dos partes para reducir la carga de lectura y asigna tareas más específicas para evitar que sus estudiantes pierdan el hilo con facilidad.
Menos margen para defender la IA educativa
La discusión sobre el uso de inteligencia artificial en las aulas también ha recibido un revés reciente. Un estudio que defendía el impacto positivo de los chatbots como ChatGPT en el aprendizaje fue retirado hace poco por preocupaciones sobre discrepancias, lo que debilitó uno de los principales argumentos a favor de estas herramientas en el ámbito educativo.
El debate, en todo caso, sigue abierto entre la promesa de la tecnología como apoyo al aprendizaje y la preocupación por el efecto que puede tener en la atención, la lectura sostenida y el esfuerzo cognitivo de estudiantes cada vez más habituados a formatos breves y rápidos.