En La Guaira, cientos de familias regresan a edificios dañados por los terremotos del 24 de junio para sacar lo poco que les queda. Sofás, sillas, refrigeradores y bolsas de ropa bajan por cuerdas o se cargan entre varios, mientras el riesgo de entrar a esas estructuras sigue presente.
Entrar a las casas dañadas sigue siendo un riesgo
La escena se repite entre fachadas partidas y calles convertidas en depósitos improvisados de objetos recuperados. Cada ingreso a un apartamento agrietado se hace con cautela, porque muchas familias todavía no saben qué pasará con sus viviendas ni a dónde podrán ir si no consiguen un lugar seguro.
Dayali López, que vivía con su esposo y sus dos hijos, pasó tres noches durmiendo en la calle después de que su departamento quedara inhabitable. Al mirar lo que quedó dentro de su casa, resumió la sensación de muchos sobrevivientes: «mi corazón se queda allí».
Antes de cruzar la puerta, López dice que reza cada vez que entra a buscar sus cosas. La incertidumbre, cuenta, se agravó porque no tiene una red familiar cercana que pueda recibirla.
La crisis económica vuelve irremplazables los objetos
En la Venezuela actual, perder un refrigerador o una cocina no significa solo un gasto, sino el esfuerzo de años. El salario mínimo oficial sigue siendo inferior a un dólar mensual al tipo de cambio fijado por el Banco Central, mientras buena parte de los ingresos depende de bonificaciones del programa Ingreso Mínimo Integral, ajustado recientemente a 240 dólares mensuales.
A eso se suma una inflación anual superior al 500%, que vuelve casi imposible reponer lo que se destruyó. López lo resume de forma directa: empezar de cero, con dos hijos y su esposo, es muy difícil, y hasta el refrigerador más pequeño cuesta 380 dólares.
Los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 dejaron un saldo oficial hasta ahora de 3.342 muertos y miles de personas desplazadas y desaparecidas. Para quienes sobrevivieron, la emergencia no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra: continúa cada vez que vuelven a un hogar agrietado para rescatar una silla, una mesa o un sofá y conservar algo de la vida que construyeron.