Claves

  • El salto fue a un Motorola Razr 70, usado como teléfono principal.
  • La adaptación al formato plegable llegó más rápido de lo esperado.
  • La autonomía sorprendió: la batería es de 4.800 mAh.

Hace poco di el paso que muchos todavía esquivan y me compré un móvil plegable. Se trata de un Motorola Razr 70, el modelo de entrada de la línea presentada a finales de abril, y esta vez no lo usé como curiosidad pasajera: pasó a ser mi teléfono principal.

La experiencia dejó una conclusión inmediata: un plegable no es para todo el mundo. Cuesta más, sigue transmitiendo fragilidad y exige aceptar riesgos que un smartphone convencional no plantea. Aun así, también ofrece una sensación de uso distinta y, en varios apartados, más práctica de lo que muchos imaginan.

Por qué decidí dar el salto

La decisión no fue caprichosa. Mi teléfono anterior, un Motorola Edge 30, ya pedía relevo: la pantalla estaba rajada en una esquina y, un día, al quitarle la funda para limpiarlo, descubrí que la batería se había hinchado. Ese hallazgo aceleró el cambio.

También llevaba tiempo pensando que mi próximo móvil sería un plegable. Mi idea original apuntaba al formato tipo libro, como el de los Samsung Galaxy Z Fold y modelos similares, pero el presupuesto no alcanzaba. Los precios de ese segmento están muy por encima de lo que la mayoría puede pagar.

En ese contexto apareció el Razr 70, con financiación y un precio que, sin ser bajo, sí entraba en mis posibilidades. Además, me mantenía dentro del ecosistema Motorola, al que ya estaba acostumbrado por su interfaz limpia y por tener menos aplicaciones preinstaladas que otras marcas.

Probé un plegable y así cambió mi forma de usar el móvil

La adaptación es más simple de lo que parece

Una de las grandes dudas sobre estos equipos es si cuesta acostumbrarse al formato. En mi caso, la respuesta fue no. Las primeras veces hay cierta prevención al abrirlo, sobre todo por miedo a dañarlo o a que se resbale, pero esa sensación se diluye rápido cuando uno se acostumbra a la bisagra.

El formato tampoco me resultó completamente ajeno. Tengo 38 años y viví la etapa final de los teléfonos con tapa. Mi última referencia de ese tipo era un Nokia 6131, que incluso tenía un botón lateral para abrirlo. Ese recuerdo ayudó a que el salto no se sintiera tan extraño.

Otro detalle que me llamó la atención fue el peso. Cerrado, el dispositivo se siente más pesado de lo que sugiere el papel, aunque la ficha oficial marca 188 gramos. Abierto, en cambio, el balance en la mano es bastante parecido al de cualquier móvil tradicional.

Lo que sí convence: batería y formato compacto

La evolución de los plegables se nota. Ya no se sienten como prototipos caros y limitados, sino como teléfonos capaces de competir con modelos convencionales en casi todo. En el día a día, el formato compacto del Razr 70 resulta cómodo de llevar y, además, su pantalla externa permite resolver tareas rápidas sin necesidad de abrirlo.

Responder un mensaje o revisar un correo es sencillo desde esa pantalla exterior. Incluso con manos grandes, el teclado reducido no me generó problemas, así que en equipos con pantallas externas más amplias la experiencia debería ser todavía mejor.

La batería fue otro punto positivo. Con una carga completa a primera hora de la mañana, y pese a un uso intenso, llegué cerca de la medianoche con entre 50 y 70 % de energía disponible. Frente a la autonomía de mi teléfono anterior, la diferencia fue evidente.

Probé un plegable y así cambió mi forma de usar el móvil

También hay un efecto que no es técnico, pero existe: el móvil llama la atención. Funciona como disparador de conversación y marca una diferencia en un mercado donde muchos smartphones parecen casi idénticos entre sí.

Las dudas siguen en la fragilidad y en el pliegue

Donde menos convencen estos equipos sigue siendo en la resistencia. La pantalla interior continúa siendo el punto más delicado: se marca y se raya con facilidad, y hay que evitar que entren objetos al cerrarlo. A eso se suma una protección contra el polvo y el agua que, en general, sigue por detrás de la de un móvil convencional.

También aparecen limitaciones visuales. En mi experiencia, los ángulos de visión no me parecieron demasiado buenos y los colores se distorsionan con facilidad en ciertas situaciones, sobre todo cuando hay una aplicación abierta.

El pliegue todavía es un asunto pendiente. En modelos más caros se nota menos, pero en este caso sigue ahí. Con el uso diario se vuelve menos molesto, aunque no desaparece del todo. De hecho, en algunas condiciones de luz llega a aparecer al tomar una foto y tarda unos segundos en dejar de distraer.

¿Vale la pena comprar uno?

La respuesta es que depende. Si alguien quiere un plegable por el simple hecho de tener uno y sabe que ese formato encaja con su uso, puede ser una compra satisfactoria. Pero si la duda es grande, lo más probable es que el usuario termine encontrando más contras que beneficios.

Quien busque lo máximo en procesador, memoria, almacenamiento o cámara encontrará móviles convencionales mucho más baratos y, en varios apartados, más completos. En cambio, el plegable gana terreno cuando el formato pesa tanto como las especificaciones.

En otras palabras: un móvil plegable puede merecer la pena, pero solo si el factor de forma es parte central de lo que uno quiere. Si no, la decisión probablemente termine inclinándose hacia un teléfono tradicional.