El granjero Joseph Farwell Glidden obtuvo en 1874 la patente del alambre de espino y convirtió ese material en una pieza clave para la comunicación rural en Estados Unidos. Su uso se disparó y, con el tiempo, también sirvió para tender redes telefónicas improvisadas en el campo.
De las cercas a las llamadas
Cuando Alexander Graham Bell patentó el teléfono en 1876, la expansión de la nueva tecnología tropezó con el costo de cablear las zonas rurales. Las compañías dominantes descartaron ese mercado por su dispersión y el alto precio de la instalación.
Pero, tras la expiración de las patentes de Bell a mediados de la década de 1890, los granjeros organizaron miles de cooperativas telefónicas. En lugar de tender cobre aislado, aprovecharon el alambre de espino que ya estaba instalado y llevaron el cable desde el teléfono de la casa hasta el hilo superior de la valla.
En una sola línea podían conectarse veinte hogares o más.
Soluciones caseras y telefonía rural

Para aislar los tramos, valía casi cualquier material disponible: mazorcas de maíz, cuellos de botella o cámaras de neumático. La calidad era baja y la lluvia empeoraba la señal, por lo que estos sistemas recibieron el apodo de «grita y vocea».
Aun así, el costo era mínimo y el mantenimiento quedaba en manos de los propios vecinos. El modelo funcionó tan bien que, en 1912, la proporción de hogares rurales con teléfono superaba a la de los urbanos.
Claude Shannon creció en ese entorno y, de niño, tendió una línea de media milla, unos 800 metros, sobre el alambre de espino que separaba su casa de la de un amigo. Era un telégrafo, no un teléfono, pero formaba parte de la misma lógica: usar lo que ya estaba a mano para conectar el campo.
El legado de las cooperativas
En 1927 había cerca de 6.000 cooperativas, mutuas y pequeñas compañías dando servicio telefónico en el campo estadounidense. Hoy, su heredera, la asociación NTCA, agrupa a unas 850 empresas rurales independientes que despliegan fibra óptica.
La transición al cable convencional también llegó en España, donde Telefónica apagó sus últimas centrales de cobre en mayo de 2025, después de más de un siglo.


