Víctor Colivert acompaña entre escombros la recuperación de los cuerpos de su familia en La Guaira, donde los sismos del 24 de junio dejaron casi 3.000 muertos, y teme que los restos de sus seres queridos se pierdan en el caos de las morgues.
El hombre insiste en no separarse del cadáver de su sobrino, recuperado tras el derrumbe de unas torres de vivienda del programa Misión Vivienda, en el que vivían su hermana Grecia, su esposo y sus hijos Oswall y Greidy.
Familiares se aferran a los cuerpos para no perderlos
Con taladros y pinzas, militares mexicanos intentaron el viernes por la noche extraer el cadáver de Greidy, de 16 años, atrapado bajo una viga.
Antes, el cuerpo de Oswall, de 13 años, había sido sacado y permaneció durante horas en una bolsa negra junto a sus familiares, que impedían a los forenses retirarlo por miedo a no encontrarlo luego.
El cuerpo de Grecia fue localizado el jueves y llevado por su padre a cremar a Caracas, mientras Víctor guardaba los restos de sus sobrinos y de su cuñado.
“Yo me voy con él”, dijo Víctor Colivert, de 36 años, al describir su decisión de permanecer con los cuerpos hasta el final del proceso.
Forenses prometen identificación y descartan una fosa común
Desde el área de recuperación, la dirigente chavista Delcy Rodríguez aseguró que todos los cuerpos serán identificados y afirmó: “Nadie va a fosa común”.
Explicó que los forenses toman las huellas dactilares de los fallecidos, así como fotografías, y elaboran un expediente de cada ingreso a las morgues.
Mientras tanto, voluntarios y familiares trabajan sobre montañas de escombros de un complejo construido hace unos 13 años como parte del programa Misión Vivienda, impulsado por el fallecido expresidente Chávez.
La actividad es intensa en las ruinas: se pasan cubos con escombros de mano en mano, se oyen taladros perforando el cemento y, por momentos, todo se detiene cuando alguien grita “¡Silencio!”.
“Esto es una película de terror, nos salvamos de la guerra, pero no de la naturaleza”, dijo Celida Sequera, una voluntaria de 43 años, mientras describía los ocho días que lleva acompañando a un amigo que lo perdió todo.
Entre mantas, polvo y olor a muerte, una mujer se hinca y grita entre sollozos: “¡Me duele el alma!”.
