Sucesos

Familiares siguen buscando sobrevivientes entre los escombros en La Guaira

La búsqueda se mantiene entre derrumbes, riesgo de colapso y reclamos por la falta de equipos y rescatistas. Las familias se aferran a señales de vida en varios edificios.

Cuando aún no se cumplían 48 horas del doble terremoto, La Guaira ya mostraba señales de una rutina marcada por la tragedia: hospitales militares de campaña instalados, filas para comprar alimentos, tránsito lento por camiones y maquinarias, y familias que seguían bajando a las zonas derrumbadas en busca de sus seres queridos. A pesar del despliegue de funcionarios policiales y militares, el malestar se mantuvo por la suspensión de los rescates ante el riesgo de nuevos derrumbes.

Una ciudad entre refugios y escombros

Muchas personas pasaron la noche en estadios y polideportivos, mientras en otros puntos se habilitaban galpones para refugiados. También hubo quienes recogieron sus pertenencias para salir del lugar. La autopista que conecta Caracas con el litoral central permaneció colapsada por vehículos, motos, camiones y unidades que se dirigían hacia la zona del desastre. En ese escenario, el Gobierno de Delcy Rodríguez ubicó en cerca de un millar la cifra de fallecidos, mientras el olor de cuerpos en descomposición ya formaba parte del ambiente en la zona costera.

En Los Corales, al este del estado, tres soldados se turnaban una mandarria para romper una losa sin certeza de si todavía había tiempo útil para el rescate. La hermana de Jorge Dávila reclamaba apoyo y pedía más manos, martillos y gente para mover los restos del edificio Costa Brava. Un vecino incluso pidió papel y lápiz para dibujar cómo eran los apartamentos del piso 13 y así orientar a militares y funcionarios sobre dónde seguir buscando entre los escombros.

Familias que buscan con sus propias manos

En medio de la desesperación, algunas familias hacían por cuenta propia una especie de trabajo de arquitectura forense para entender la distribución de los apartamentos destruidos y ubicar posibles puntos de supervivencia. Génesis Arévalo buscaba a su hermana Dinoska y halló prendas de ella y de su sobrino de 5 años, quien fue rescatado con vida y se recupera de golpes en una clínica en Caracas. Aun así, el resto de la familia seguía llamando y gritando su nombre entre las grietas, sin obtener respuesta.

Otras escenas resumían la magnitud de la pérdida. En el mismo piso 13 del edificio, una familia lloraba sobre el cuerpo de una niña cubierto por una sombrilla de la antigua piscina, mientras otros tres menores y dos adultos habían muerto tras la sacudida. Verena Hernández, abuela de uno de ellos, expresó que cada segundo significaba la muerte de otro pariente atrapado adentro. En las residencias Ioli, Carmen Ruiz esperaba a su hijo de 19 años, pero la búsqueda fue suspendida por orden policial y luego se anunció la entrada de maquinaria pesada para demoler el edificio. Ella había encontrado a su perrita Brandy entre los restos, pero no tenía noticias de Cristian.

La operación de rescate también enfrentó límites prácticos: faltaban plantas eléctricas para usar martillos eléctricos prestados, sobraban piedras y esfuerzo, pero no la fuerza suficiente para mover las losas más pesadas. Llegaban arepas, manzanas, agua y ropa usada para quienes seguían sobre las ruinas, aunque no suficientes rescatistas. También había personal extranjero de socorro, pero empezaron a escasear los traductores. Mientras tanto, la presencia más visible seguía siendo la de funcionarios de cuerpos de seguridad; los bomberos eran pocos y la coordinación general del desastre no quedaba clara. Desde la zona, Delcy Rodríguez pidió a la población no bajar para no entorpecer el rescate, pero muchos continuaron ayudando por su cuenta. Entre los restos, quedó escrita una frase que resumía el momento: “Donde el Gobierno falta, el pueblo sobra”.

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