En procesión por la calle principal del cementerio Corazón de Jesús, unas 100 personas le dieron el último adiós a Jairo David Portillo (22). El joven murió por las quemaduras que sufrió, junto con otros dos amigos, cuando un grupo de personas los golpeó, encerró en una garita y los quemó vivos, el Viernes Santo, en la vía a La Concepción. Ayer al mediodía, un Caprice azul rompió el silencio del camposanto con la canción La Sangre Llama, de los Hermanos Zuleta. Detrás del carro, seis mujeres wayuu vestidas con mantas rojas, que simbolizan la venganza en la etnia, cargaban el féretro y junto a ellas estaba una multitud que quería despedirse.
Al ataúd de Portillo lo cubría una gran tela roja mientras que un solo hombre resaltaba entre las mujeres. Él llevaba una foto de la víctima.
Amigos y familiares ingerían licor. “Él era alegre y así hay que despedirlo”, dijo una de las primas, mientras que unos 10 motorizados hacían acrobacias. Al llegar a la tumba, las mujeres hicieron un baile con el féretro en hombros para luego sepultarlo.
En tanto, los padres de José Gregorio Mercado (27), otro de los fallecidos, pidieron justicia divina para quienes asesinaron a los dos jóvenes y dejaron agonizante a Juan Caballero, de 19 años. Mercado era panadero y cristiano evangélico.