No hay consuelo. Para Eunice Molina es imposible serenarse. Sus hijas: Katherine, Karina y Ruby le dan fuerzas, son su soporte.
Solo se resquebrajan cuando miran al frente de la casa de su vecino, donde yace el féretro con el cuerpo de su hermanita, la menor, la niña. Mayerlis Sierra, la víctima de la maldad, violada y asesinada a sus muy tempranos 14 años, el martes en la tarde.
El cuerpo yace en una especie de ‘plaza abierta’ en el barrio. Separa la casa, donde ocurrió el crimen, de la iglesia evangélica a la que acudía Mayerlis, y en la que danzaba para alabar a Dios.
Un improvisado toldo, formado con horcones y restos de una valla, da sombra a los vecinos que arrullan, con sus oraciones, el descanso eterno de la niña.
Ochenta y cuatro pasos separan el rancho del asesino de la casa de Mayerlis. Una distancia que se recorre en menos de dos minutos. El preludio del espantoso femicidio que impactó a Maracaibo.
Eunice dice estar cansada. “Les agradezco mucho, a la prensa, a la policía, pero ya no tengo… no sé qué más decirles. Se me fue mi niña, mi ángel”, repite en una letanía. Su familia no la ha dejado sola. Ruby, su tercera hija, recorrió los 571 kilómetros que separan su casa de El Banco, ciudad del departamento de Magdalena, Colombia, donde vive.
“Queremos justicia, y se está haciendo”, afirma, convencida. Habla de los dos detenidos por el asesinato de su hermanita: Luis Hernández y Raúl Paz.
Ayer, los trasladaron desde el Cicpc a los tribunales penales. Allí esperaban su imputación. “De entrada, tienen dos delitos: homicidio intencional calificado y abuso sexual agravado. La Fiscalía argumentará”, informaron fuentes de tribunales.
Raúl llegó, hace 21 días, a un rancho ubicado en el barrio. Una de las dos ‘propiedades’ de una de sus hermanas, de nombre Sheila.
“Ahí, en ese rancho, vivía otro hermano suyo, Ángel González. Algo debieron haber hecho en la Guajira, porque llegó con Luis Hernández, su cuñado. No prendían ni un bombillo en la noche”, dijo un vecino.
Uno de esos que alertaron sobre la amenaza que lanzó Sheila antes de irse. “Ella agarró una franela que tenía puesta Raúl y la quemó en su rancho. Se fue y dijo que iba a volver para vengarse”, relató.
La amenaza también fue para adolescentes de la invasión. Se asegura que vieron a Raúl cuando lo montaron en la patrulla para que declarara en el Cicpc y se pasó el dedo por el cuello, delante de unos menores. “Estamos asustados”, dijeron.
Los comentarios, a muy baja voz, se hicieron en torno del féretro de Mayerlis. Fragantes rosas rojas y rosadas esparcían su aroma. Pocos niños se acercaron. El silencio era la norma en un barrio, uniformado de luto.
Jorge Molina no entiende, aún, la muerte de su sobrina. “Era una niña muy dulce, muy cariñosa. Yo tengo 20 años viviendo en Venezuela, mi hermana Eunice se vino unos 5 años después, con sus hijas. Mayerlis nació aquí. Yo vivo en Caracas, apenas me enteré, vine. Es una cosa horrorosa lo que nos está pasando”, explicó. Dejó saber por qué el cuerpo será velado una noche más. “El papá de Mayerlis vive en Sincelejo, departamento de Sucre, en Colombia. Ya viene rodando”, contó, ayer en la mañana. “Por eso el sepelio será mañana (hoy), a eso de las 10 de la mañana.
El sobrino de Mayerlis, golpeado en el ataque a la jovencita, está recuperándose de la herida física. “Además de los hematomas, mi hijo quedó afectado emocionalmente”, narró Karina, la hermana de Mayerlis, quien lo dejaba a su cuidado cuando iba a trabajar en la limpieza de casas de familia.
“Se queda dormido, a ratos, y se despierta gritando por Mayerlis. ‘¡Tía, tía!, la llama”. Es un niño especial. Marcado por la naturaleza y ahora, por la barbarie.
Cada anécdota triste remueve la rabia de los vecinos del barrio. “Una niña que era solo de su casa a la tienda, al liceo, a la iglesia, y de regreso. Muy respetuosa, su mamá no la dejaba salir a la calle. ¿Por qué pasa esto? No lo sé, no me explico por qué”, comentó otra vecina.
El último adiós a Mayerlis Sierra será hoy. Ayer el cielo se vistió de gris, y lloró en su llovizna, por el vil asesinato. Uno que el barrio entero no termina de asimilar. Que dejó sumidas a todas las familias —en su mayoría, cristianas evangélicas— en un dolor que se traduce en silencio.