La psicóloga Encarni Muñoz, de Mundopsicólogos, describe la «schadenfreude» como la sensación de alivio momentáneo que experimentamos al ver que otros atraviesan problemas similares o peor suerte, como una multa de la grúa o una presentación fallida.

El origen químico y social del placer por la desgracia

Según Muñoz, el cerebro segrega dopamina cuando percibimos que otros fracasan, lo que genera una sensación de alivio aunque racionalmente sintamos compasión. Esta respuesta está vinculada a la comparación social: cuanto más insegura es la autoestima, mayor es la tendencia a alegrarse del mal ajeno para protegerse.

Cómo reducir la «schadenfreude» y fomentar la empatía

La experta indica que, aunque la reacción inicial es difícil de evitar, podemos impedir que se prolongue entrenando la empatía. Preguntarse «¿Cómo me sentiría yo en su lugar?» y dejar de compararse constantemente con los demás son estrategias recomendadas. Fortalecer la autoestima y centrar la atención en los propios objetivos también disminuye la necesidad de buscar consuelo en la desgracia ajena.

En conclusión, la satisfacción pasajera ante la desgracia de otros es una respuesta humana común, pero la clave está en transformar esa reacción en una oportunidad para desarrollar mayor empatía y seguridad personal.