Garantizar un descanso adecuado resulta fundamental para el desarrollo durante la infancia. De acuerdo con las recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría, organización que agrupa a los profesionales de la salud infantil en el país europeo, los menores en etapa escolar requieren aproximadamente unas diez horas de sueño al día. Sin embargo, la alteración de las rutinas tras periodos vacacionales suele convertir el momento de ir a la cama en un desafío cotidiano para los progenitores.

La fatiga extrema y su manifestación en la energía

Lejos de mostrarse simplemente abatidos, los menores que acumulan un cansancio excesivo pueden manifestar conductas inesperadas. Según explica Celeste Castilla, experta en sueño infantil, un niño cansado «no siempre parece tener sueño, puede estar más irritable o lleno de energía». A los signos habituales como bostezos o la búsqueda de contacto se suman reacciones de nerviosismo y mayor aceleración.

Durante las horas de descanso, el cerebro procesa aprendizajes, favorece procesos de crecimiento y regula el sistema emocional. Por ello, la especialista enfatiza la importancia de reconocer las señales tempranas de agotamiento para evitar que la hora de dormir se convierta en un conflicto constante dentro del hogar.

Una estrategia de veinticuatro horas

El equilibrio en el sueño nocturno no se decide únicamente en los minutos previos a acostarse. La preparación abarca toda la jornada, integrando la exposición a la luz natural, la actividad física, la alimentación adecuada y la gestión de las siestas. Asimismo, aprovechar franjas específicas como la llamada ‘hora bruja’, situada entre las 19:00 y las 20:00 horas, facilita que los menores sincronicen su biorritmo aprovechando el aumento natural de la melatonina.

Por último, el entorno del dormitorio debe concebirse como un espacio de transición que favorezca la tranquilidad mediante luces cálidas y la reducción progresiva de estímulos, minimizando el uso de pantallas y juegos intensos antes del descanso.