La cafeína es la sustancia psicoactiva más consumida en todo el planeta. Cada día se beben más de 2.000 millones de tazas de café, además de consumirse en refrescos, bebidas energéticas, chocolates y suplementos. Aunque ayuda a mejorar la concentración y combatir el cansancio, su impacto varía drásticamente entre individuos.

El papel de la genética y el metabolismo hepático

El factor clave detrás de la tolerancia a la cafeína es el tiempo que esta permanece en el organismo. Tras su consumo, se absorbe en el torrente sanguíneo, llega al cerebro y es descompuesta por una enzima en el hígado antes de eliminarse por la orina. Este proceso de depuración puede demorar hasta veinte horas según cada persona.

La rapidez con la que el hígado procesa el estimulante depende de un único gen llamado CYP1A2. Investigaciones recientes señalan que la ascendencia genética influye en este proceso; por ejemplo, los europeos y los sudamericanos tienden a metabolizar la cafeína con mayor rapidez en promedio.

Otros factores externos que alteran el efecto

Más allá del ADN, diversos elementos modifican la permanencia de la sustancia en el cuerpo. El consumo de tabaco estimula al hígado para descomponer la cafeína mucho más rápido, mientras que algunos antibióticos, anticonceptivos orales y el embarazo generan el efecto contrario, prolongando su presencia.

Los especialistas recomiendan moderación y evitar el consumo de cafeína al menos seis horas antes de dormir para no perjudicar la calidad del sueño. A pesar de las variaciones individuales y los efectos del consumo excesivo —como nerviosismo o palpitaciones—, los estudios sugieren que un consumo moderado se asocia con menores riesgos de padecer enfermedades importantes.