La especialista señala que incluso las decisiones acertadas pueden activar incertidumbre, pérdida y malestar. El reto está en adaptarse, no en negar el impacto.
Los cambios elegidos también pueden doler. Así lo plantea la psicóloga Eirene García, quien sostiene que una mudanza, un ascenso, una ruptura o un cambio de trabajo pueden activar incertidumbre y malestar, incluso cuando la decisión sea buena.
García, autora de Cuando nada es seguro, todo es posible, explica que el cerebro reacciona ante lo desconocido, no solo ante lo negativo. Por eso, un cambio esperado o deseado puede desestabilizar tanto como uno inesperado.
El cerebro también se alerta ante lo bueno
La especialista afirma que los cambios que más desestabilizan son los inesperados, los indeseados y aquellos que una persona siente que no eligió. Sin embargo, aclara que también los cambios positivos, como un embarazo deseado o ganar la lotería, pueden producir la misma respuesta de alerta.
Según García, esto ocurre porque el cerebro distingue entre lo conocido y lo desconocido. En esa transición, la persona puede sentir dolor, dudas o una sensación de pérdida, aunque esté avanzando hacia algo que quería.
La psicóloga pone como ejemplo a quien deja un trabajo que le hace infeliz: puede sentirse mejor con la decisión, pero al mismo tiempo extrañar a sus compañeros o la seguridad de una rutina conocida. Para ella, eso no significa que la persona se haya equivocado.
Adaptarse no es dejar de sufrir
García recuerda los trabajos de Thomas Holmes y Richard Rahe, que mostraron que el estrés no depende de si un cambio es positivo o negativo, sino del esfuerzo de adaptación que exige. Por eso, hechos felices como casarse o cambiar de trabajo también pueden convertirse en fuentes de tensión emocional.
La especialista añade que no existe un acostumbramiento total al cambio, sino un proceso de adaptación. Lo relaciona con la adaptación hedónica, un mecanismo psicológico que hace que, con el tiempo, las personas tiendan a recuperar su nivel habitual de bienestar después de acontecimientos muy positivos o muy negativos.
Aun así, advierte que esa capacidad de adaptación no elimina el sufrimiento ni borra las secuelas. Sostiene que las experiencias difíciles dejan huella y que el objetivo es integrarlas para que no definan la vida presente.
El duelo no se cronometra
En su reflexión, García también pide dejar de juzgar los tiempos del duelo. Dice que cada persona lo vive a su ritmo y que no corresponde al entorno decidir cuándo debería haberse superado una pérdida.
La psicóloga aclara que hay casos en los que la ayuda profesional es necesaria, especialmente cuando el sufrimiento afecta de forma persistente la vida cotidiana y el funcionamiento de la persona. Pero insiste en que esa valoración debe hacerla un profesional.
Su recomendación para acompañar a alguien en duelo es cambiar la presión por la escucha. En vez de preguntar si ya está mejor, propone preguntar qué necesita y estar presente sin imponer tiempos.