La epigenética sugiere que el trauma puede heredar huella
La ciencia estudia cómo el estrés, el hambre o la guerra pueden dejar marcas biológicas en la descendencia sin cambiar el ADN. También apunta a que la resiliencia puede transmitirse.
La epigenética está abriendo una pregunta incómoda y fascinante: si parte de lo que viven los padres puede quedar escrito en el cuerpo de sus hijos. Estudios con descendientes de supervivientes del Holocausto, junto con experimentos en animales, apuntan a que el trauma, el hambre o el estrés pueden dejar huellas medibles sin alterar la secuencia del ADN.
La genética no cambia, pero su lectura sí
Dos gemelos idénticos pueden compartir el mismo ADN y, aun así, envejecer de forma distinta, enfermar de manera diferente o reaccionar al estrés con intensidad desigual. La explicación que propone la epigenética es que el código genético no se reescribe, pero sí cambia la forma en que se lee y se expresa.
Dicho de otra manera: los genes serían la partitura, pero la epigenética decide qué notas suenan más fuerte, cuáles se silencian y en qué momento entran. Esa lectura depende de pequeñas marcas químicas, como la metilación, que actúan como interruptores sobre genes concretos.
El trauma y el hambre dejaron señales medibles
Un grupo de científicos estudió a los hijos de supervivientes del Holocausto y comparó una pequeña marca química sobre un gen relacionado con el cortisol, la hormona del estrés. Encontraron que esa marca aparecía con más frecuencia en quienes tenían un padre o una madre supervivientes, y que la huella era más profunda cuando el trauma había sido más intenso.
Algo parecido se observó en los Países Bajos al final de la Segunda Guerra Mundial. Décadas después, los hijos de mujeres que estuvieron embarazadas durante una hambruna severa presentaban más obesidad, más diabetes y más enfermedad cardiovascular que sus propios hermanos nacidos antes o después de la escasez.
También influyen el embarazo y los hábitos
La investigación no se limita a grandes tragedias históricas. Los bebés de madres que fuman durante la gestación nacen con la metilación alterada en varios genes, entre ellos uno que ayuda al cuerpo a eliminar sustancias tóxicas del humo del tabaco. También se ha observado que la obesidad de un progenitor antes de la concepción puede modificar las marcas químicas de sus óvulos o de su esperma y predisponer a sus hijos a problemas metabólicos.
En animales, una diferencia en la dieta de la madre durante el embarazo bastó para que unas crías nacieran delgadas y de pelaje marrón, y otras obesas y de color amarillo, sin que cambiara un solo gen. Otros experimentos han mostrado efectos parecidos tras exponer a los progenitores a estrés, hambre o una sustancia tóxica.
La herencia también puede ser resiliencia
La otra cara de este campo es que no todo lo que se transmite es miedo. Los propios hijos de supervivientes del Holocausto mostraron en algunos casos una mayor vulnerabilidad al estrés, pero en otros una resiliencia muy superior a la media. La ciencia sugiere así que también puede heredarse la capacidad de sobreponerse.
La epigenética sigue siendo un campo joven y todavía quedan muchas preguntas abiertas. Aun así, sus hallazgos apuntan a que el estilo de vida, el ejercicio físico, la alimentación, la estimulación cognitiva e incluso las intervenciones psicoterapéuticas pueden modificar el epigenoma en sentido positivo. Lo que vivimos, y también la manera en que lo afrontamos, podría dejar un mensaje biológico en quienes todavía no han nacido.