El riesgo de compartir calzado
La lógica de pasar zapatillas usadas a un hermano menor parece una medida de ahorro, pero la podóloga Rebeca Prieto Riaño explica que el interior y la suela de un zapato ya usado se moldean al patrón de marcha del primer niño. Cada persona tiene un patrón único de caminar y, con el uso continuado, el calzado desarrolla zonas de desgaste que actúan como cuñas invisibles. Cuando un segundo niño se pone ese zapato, su pie se ve forzado a adaptarse a una horma que no le corresponde, lo que puede alterar la pisada y favorecer lesiones musculares, tendinosas y dermatológicas.
Explicación de la podóloga Rebeca Prieto Riaño.
Recomendaciones de expertos
Si bien no existen ensayos clínicos concluyentes, la evidencia proviene de guías clínicas y del consenso de especialistas, como el documento Children’s Footwear Advice de la Suffolk Podiatry Paediatrics. Estudios biomecánicos, incluido un metaanálisis de 2011 y un trabajo experimental publicado en Gait & Posture en 2023, demuestran que los zapatos modifican los parámetros de la marcha infantil, incluyendo velocidad, longitud del paso, rangos de movimiento del tobillo y la rodilla, y el patrón de impacto.
Consenso de especialistas y
estudio de 2023 subrayan que la altura asimétrica del calzado induce cambios reactivos en la cinemática de la marcha y en la activación muscular.
Los expertos en ortopedia infantil y podología establecen una excepción: el calzado que ha tenido un uso residual, como unas botas de agua usadas solo tres veces antes de crecer el pie, puede heredarse siempre que no muestre signos de adaptación a la pisada previa.
