El alcohol, una droga que altera múltiples sistemas cerebrales, provoca efectos que se manifiestan desde el primer trago hasta la noche entera de consumo. El proceso comienza con la desactivación de la corteza prefrontal, la zona responsable de la toma de decisiones y la planificación.
Desactivación inicial de la corteza prefrontal
Al ingerir alcohol, la corteza prefrontal se desactiva gradualmente, lo que provoca una sensación de relajación y disminuye la inhibición de impulsos. Este efecto es breve, pero sienta las bases para los cambios posteriores.
Desplazamiento a la coordinación y el lenguaje
Con el avance del consumo, el alcohol afecta áreas cerebrales responsables de la coordinación motora y el lenguaje. Las personas pueden arrastrar las palabras y experimentar mayor riesgo de caídas.
Confusión, agresividad y riesgo de accidentes
El aumento de la intoxicación provoca volatilidad y agresividad, alterando la percepción de las emociones ajenas. Estudios muestran que la alta intoxicación aumenta la probabilidad de interpretar erróneamente expresiones faciales como hostiles, lo que puede desencadenar conflictos.
Respuesta inflamatoria y resaca prolongada
El exceso de alcohol genera una respuesta inflamatoria sostenida del sistema inmunitario, principalmente por el acetaldehído, subproducto del metabolismo hepático. Esta inflamación produce fiebre, náuseas y, en la fase posterior, dolores de cabeza, ansiedad y un estado de ánimo bajo que puede durar varios días.
