No se puede separar la política de las políticas públicas. Cuando una existe sin la otra, lo que se obtiene no es un país, sino un espejismo. Y en Venezuela, el terremoto terminó por correr ese velo.

El sismo no solo movió edificios: movió la idea de un Estado capaz de sostenerse. La crítica, la academia y la ciudadanía, afirma el texto, no habían logrado durante décadas mostrar con la misma crudeza lo que la tierra dejó en evidencia en segundos: una estructura pública vaciada por la negligencia, la improvisación y la corrupción.

Veintisiete años de deterioro quedaron expuestos

La lectura central es inequívoca: el país no colapsó únicamente por el temblor, sino por un proceso largo de desmantelamiento. Se habla de 27 años de sustituir técnicos por militantes, instituciones por lealtades y planificación por propaganda. También de una confusión persistente entre gobernar y hablar, entre administrar y prometer.

En ese marco, la emergencia encontró hospitales que no pudieron recibir heridos, vías destruidas, equipos de rescate insuficientes y sistemas de emergencia que, según el texto, dejaron de existir mucho antes del sismo. La defensora del pueblo tampoco apareció en el momento crítico: los despachos enmudecieron, y el pueblo quedó sin defensa institucional.

Chacao y Baruta actuaron cuando el gobierno central no respondió

En contraste con el vacío atribuido al poder central, Chacao y Baruta son presentados como un recordatorio de lo que ocurre cuando las instituciones funcionan, aunque sea a escala municipal. Protección Civil, bomberos, policías locales, cuadrillas de rescate y voluntarios salieron a la calle con rapidez, orden y presencia real.

No hubo improvisación, hubo oficio; no hubo propaganda, hubo trabajo. En medio del caos, esos municipios asistieron, contuvieron, rescataron y acompañaron, aun en medio de la crisis económica que tampoco los esquiva.

«No hubo improvisación, hubo oficio; no hubo propaganda, hubo trabajo.»

Soledad Morillo Belloso

La ausencia de la FANB y el reclamo de renuncias

La Fuerza Armada Nacional Bolivariana aparece descrita como un vacío: no estuvo en la calle, ni en la coordinación, ni en la contención. En un país que durante años oyó que la FANB es “el pueblo en armas”, el texto sostiene que lo visible fue lo contrario: una sombra burocrática.

La solidaridad ciudadana, añade, es valiosa y habla bien de los venezolanos, pero no puede convertirse en coartada. El Estado no puede delegar en la sociedad lo que le corresponde por deber. Por eso, pasada la emergencia, la exigencia sube de tono: la presidente encargada debería renunciar, y también el gobernador y el alcalde de La Guaira.

La conclusión es severa: la política sin políticas públicas es humo que asfixia. Y cuando un país tolera esa fractura, vive con un pie colgando sobre el vacío. Esta vez, dice el texto, el vacío dejó de ser metáfora.