En el debate político venezolano se ha instalado la idea de que, alrededor de Venezuela, compiten dos corrientes por ganar el respaldo de Donald Trump. A una se le suele llamar pragmática y a la otra, línea dura o intransigente. Sin embargo, esa división no describe con precisión lo que realmente está en juego.
Dos visiones de pragmatismo
La primera postura favorece mantener relación con el interinato, con el foco puesto en facilitar negocios para empresas estadounidenses y sin dar demasiada importancia a la transición democrática. La segunda insiste en promover cuanto antes un cambio democrático en el país. Presentadas así, ambas posiciones parecen contraponer pragmatismo e იდეología, pero el contraste no es tan simple.
Reservar el calificativo de pragmático para quienes prefieren contemporizar con el interinato resulta, en realidad, engañoso. En el lenguaje político de Estados Unidos, el término pragmatismo suele llevar ventaja y se asocia con una forma de ver el mundo que privilegia resultados concretos por encima de las posturas abstractas. Por eso, reducir el debate a una oposición entre pragmatismo e idealismo termina favoreciendo a una sola de las corrientes en disputa.
Más allá de las etiquetas, lo que compite ante Trump son dos clases de pragmatismo. Uno es de corto alcance, más limitado y miope. El otro mira a mayor plazo y se apoya en una lectura más realista de los intereses de Estados Unidos. Desde esa óptica, un gobierno aliado serviría mejor a esos intereses que un gobierno tutelado. Bajo esa premisa, resulta más pragmático impulsar un cambio político que conduzca a una relación de alianza que sostener un esquema de control precario.
