A medida que se acerca la fecha de las elecciones crecen los miedos, el triunfalismo, las descalificaciones, las promesas, la procura del voto… y los sondeos de encuestadoras que, desde dos aceras políticas antagónicas, pretenden evaluar “rigurosamente” el terreno electoral.
Se abandona o suspende la política del diálogo y respeto, el consenso, tolerancia y “reconciliación nacional”. En tiempos de elecciones retorna el accionar arbitrario y pasional, la intolerancia y exclusión, el conflicto permanente y antagonismo exacerbado.
La oposición se debate en un mar de dudas expresadas por su liderazgo y analistas afines políticamente. ¿Es posible derrotar al gobierno por la vía electoral? ¿Unida la oposición le gana al Gobierno? ¿Se debe acudir o no a estas elecciones? ¿Es la abstención un gravísimo error? ¿Cómo esperar ganar si no se vota? ¿Se cuenta con la credibilidad y la confianza para acometer esta tarea? ¿Disponemos de un proyecto país claramente formulado que sea asumido como propio por el electorado? ¿Existe un líder capaz de consolidar una contundente fuerza electoral que conduzca al triunfo? ¿Se cuenta con la capacidad organizativa para movilizar al país?
Mientras tanto, la distinción “amigo-enemigo” trasciende la tradicional confrontación Gobierno-oposición para expresarse fuertemente al interior del bando opositor. La lógica antagónica conduce a segregar y estigmatizar como traidor a quien que se ha atrevido a postularse para enfrentar a Maduro. En una asamblea denominada “Venezuela no se rinde”, se visibiliza la estrategia antagónica y se oficializa el entierro de la MUD como instancia integradora político-partidista.