Opinión

William Shakespeare: la pluma universal

Lo trágico, lo cómico, lo poético, lo terreno y lo sobrenatural, lo real y lo fantástico se entremezclan en mayor o menor medida en las obras de Willian Shakesperare, quien fue, es y será una de las plumas más célebres de la literatura universal.

También es conocido como El Bardo de Avon, debido a que «bardo» es un sinónimo de poeta y porque Stratford-upon-Avon, Reino Unido, fue el lugar donde Shakespeare nació y murió. Existen muy pocos hechos documentados sobre su vida, lo que sí se puede afirmar es que fue bautizado el 26 de abril de 1564 (puesto que entonces sólo se hacía el acta del bautismo), por lo que es de suponer que vendría al mundo algunos días antes y no más de una semana, según era lo corriente; la tradición ha venido fijando como fecha de su natalicio el 23 de abril, festividad de San Jorge. Lo cierto es que se celebran 450 años de su nacimiento.

“Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad”, profetizó Ben Jonson, colega y contemporáneo de El Bardo de Avon.

Dramaturgo, poeta y actor inglés fue venerado ya en su tiempo, pero su reputación no alcanza las altísimas cotas actuales hasta el siglo XIX. Desde entonces, sus obras han sido adaptadas y redescubiertas en multitud de ocasiones por todo tipo de movimientos artísticos, intelectuales y de arte dramático. Las comedias y tragedias shakespearianas han sido traducidas a las principales lenguas, y constantemente son objeto de estudios y se representan en diversos contextos culturales y políticos de todo el mundo.

¿Quién no conoce el drama de Romeo y Julieta? ¿A quién no se le ha oído la frase “ser o no ser, he ahí el dilema”, de Hamlet? Muchas de las citas y aforismos que salpican sus obras han pasado a formar parte del uso cotidiano, tanto en inglés como en otros idiomas. Según la Enciclopedia Británica “Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande escritor de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura, cuyas obras […] hoy se leen y representan con mayor frecuencia y en más países que nunca”.

William Shakespeare fue el tercero de ocho hijos, el primer que tuvieron Jhon Shakespeare, un próspero comerciante y Mary Arden, quien descendía de una familia católica de abolengo, pues era hija de un terrateniente.

Nació cuando su familia vivía en la calle Henley de Stratford. Su padre fue acusado de comercio ilegal de lana y perdió su posición destacada en el gobierno del municipio.

Shakespeare probablemente cursó sus primeros estudios en la escuela primaria local, la Stratford Grammar School, en el centro de su ciudad natal, lo que debió haberle aportado una educación intensiva en gramática y literatura latinas.

A pesar de que la calidad de las escuelas gramaticales en el período isabelino era bastante irregular, existen indicios en el sentido de que la de Stratford era bastante buena. La asistencia de Shakespeare a esta escuela es mera conjetura, basada en el hecho de que legalmente tenía derecho a educación gratuita por ser el hijo de un alto cargo del gobierno local. No obstante, no existe ningún documento que lo acredite, ya que los archivos parroquiales se han perdido.

Aunque es mucho lo que se desconoce sobre su educación, lo cierto es que el artista no accedió a una formación universitaria y su amigo Ben Jonson que sí la tenía, lamentó en alguna ocasión “su escaso latín y aun menos griego”. En cierta manera, su escasa instrucción fue una ventaja, ya que su cultura no se moldeó sobre el patrón común de su tiempo; como autodidacta, William Shakespeare, según señaló un experto conocedor y traductor de su obra completa, Luis Astrana Marín, tuvo acceso a fuentes literarias sumamente raras gracias a la amistad que sostuvo con un librero. Los análisis de sus escritos revelan que fue un lector voraz.

El 28 de noviembre de 1582, cuando tenía 18 años, contrajo matrimonio con Anne Hathawy, de 26, quien se encontraba embarazada, de su hija primogénita, Susanna. Dos años después nacieron los mellizos Hamnet y Judith. El primero murió a los once años y solamente llegaron a la edad adulta sus hijas.

Por otra parte, y en lo personal, con el paso del tiempo, se ha especulado mucho sobre su vida, cuestionando su sexualidad, su filiación religiosa, e incluso la autoría de sus obras.

Los últimos años de la década de 1580 son conocidos como los “años perdidos” del dramaturgo, ya que no hay evidencias que permitan conocer dónde estuvo, o por qué razón decidió trasladarse de Stratford a Londres. Algunas teorías dicen que abandonó a su familia y otras señalan que partió con ella. Lo cierto es que nunca se desprendió de la responsabilidad sobre sus hijos, lo que sí se asegura es que no tenía una vida matrimonial precisamente feliz, quizá porque se casó muy joven, con una mujer mucho mayor que él y con la premura de que estaba embarazada.

Ya en 1592 Shakespeare se encontraba en Londres trabajando como dramaturgo y era suficientemente conocido. Pronto se convertiría en actor, escritor, y, finalmente, copropietario de la compañía teatral conocida como Lord Chamberlans’Men, que recibía su nombre, al igual que otras de la época, de su aristocrático mecenas, el lord chambelán (Lord Chamberlain), uno de los miembros oficiales de la Casa Real del Reino Unido. La compañía alcanzaría tal popularidad que, tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, éste la tomaría bajo su protección, pasando a denominarse los King’s Men (Hombres del rey).

Existen varios documentos referentes a asuntos legales y transacciones comerciales que demuestran que en su etapa londinense Shakespeare se enriqueció lo suficiente como para comprar una propiedad en Blackfriars, pero cuando Shakespeare se inició en la actividad teatral, ésta se encontraba sufriendo los cambios propios de una época de transición.

En sus orígenes, el teatro en Inglaterra era un espectáculo de tipo popular. Los nobles más destacados patrocinaban grupos de actores que llevaban sus nombres. En ciertas ocasiones, estas compañías teatrales realizaban sus representaciones en el palacio de sus protectores aristocráticos. Contar con el respaldo de un mecenas era fundamental para asegurar el éxito de la obra en el futuro.

Las obras se representaban al principio en los patios interiores de las posadas. Sin embargo, no resultaban muy adecuados para las representaciones, ya que a veces la actividad de la posada llegaba a dificultar las representaciones. Además contaban con la oposición de las autoridades, preocupados por los desórdenes y reyertas que allí se originaban. Estaba también en contra el factor de la higiene: la peste era muy frecuente y las reuniones multitudinarias no fomentaban precisamente la salud.

Por esos motivos fue surgiendo paulatinamente una legislación que regulaba la actividad teatral, y se fue haciendo más difícil conseguir licencias para realizar representaciones en las posadas. Esto propició la construcción de teatros fijos, más salubres, en las afueras de la ciudad, y la consolidación y profesionalización de la carrera de actor. El primer teatro, denominado simplemente The Theatre se construyó en 1576.

Estos teatros tenían un aforo muy respetable y algunos podían acoger a alrededor de 2.000 espectadores.

En un principio, la condición social de los cómicos, en especial de la de los más humildes, no se distinguía fácilmente de la de un vagabundo o un mendigo. Con el tiempo, sin embargo, gracias a la apertura de los nuevos teatros, los actores de época isabelina fueron alcanzando mayor consideración social.

La rudimentaria escenografía hacía al intérprete cargar con la responsabilidad mayor de la obra, por lo cual su técnica tendía a la sobreinterpretación en lenguaje, gesticulación y llamativa vestimenta. Como las mujeres tenían prohibido subir al escenario, los papeles femeninos se encomendaban a niños o adolescentes, lo cual se prestaba al juego cómico de la ambigüedad erótica. La ausencia de fondos pintados hacía frecuente que el actor invocase la imaginación del público.

La audiencia acudía al teatro pagando un precio variable según la comodidad del puesto ofrecido. La entrada más barata exigía estar a pie y expuesto a los cambios meteorológicos; las menos asequibles permitían tomar asiento a cubierto y a salvo del sol.

Una de las características más importantes del teatro isabelino, y de Shakespeare en particular, es la multitud de niveles en las que giran sus tramas. Las transiciones entre lo melancólico y lo activo son rápidas y, frecuentemente, se manifiestan a través de duelos y peleas en escena que debían de constituir una animada coreografía muy del gusto de la época.

El bufón es un personaje importante para la obra shakespeariana, ya que le da libertad de expresión y soltura. Se reconocía en él una insuficiencia mental o carencia física que le permitía decir cosas u opinar sobre cuestiones polémicas que habrían sido prohibidas en boca de personajes de mayor fuste. Sin duda esta estratagema era ideal para el autor inglés, puesto que cualquier crítica a la realeza podría ser justificada adjudicándosela a un personaje que no piensa como la generalidad de las otras personas dadas las insuficiencias que padece.

Fuera de ser un dramaturgo de incuestionable importancia, Shakespeare fue también poeta y sonetista, y se cree generalmente que él mismo se valoraba más como lírico que como autor dramático y solamente como tal esperaba perdurar a su tiempo. Aunque escribió sobre todo poemas extensos narrativos y mitológicos, se le recuerda especialmente como un excepcional autor de sonetos puramente líricos. Resaltan sus 154 sonetos, además de su Venus y Adonis y La violación de Lucrecia.

Tragedias, comedias, historicismo y poesía forman parte de su indetenible capacidad creadora. La crítica ha destacado sobre todo dos aspectos de la obra dramática de William Shakespeare. En primer lugar, la indiferencia y distanciamiento casi inhumanos del autor respecto a la realidad de sus personajes. No moraliza, no predica, no propone fe, creencia, ética ni solución alguna: plantea, y lo hace mejor que nadie, algunas de las angustias fundamentales de la condición humana, pero nunca les da respuesta: no se sabe cuál era la posición del autor sobre el tema de su obra.

En segundo lugar, la crítica ha destacado el extraordinario poder de síntesis del «Cisne de Avon» como lírico; su fantasía es capaz de ver un universo en una cáscara de nuez; como creador de personajes, cada uno de ellos representa en sí mismo una cosmovisión, por lo cual se le ha llamado poeta de poetas. Son auténticas creaciones Ricardo III, Hamlet, Otelo, Bruto, Macbeth, Lady Macbeth, Falstaff.

Shakespeare se retiró a su pueblo natal en 1611y falleció el 23 de abril de 1616. Ninguna de las dos hijas que le sobrevivieron tuvieron nietos por lo que, por lo que no existe en la actualidad ningún descendiente vivo del escritor.

Siempre se ha asociado su muerte con la bebida, —murió, según los comentarios más difundidos, como resultado de una fuerte fiebre, producto de su estado de embriaguez—. Al parecer, el dramaturgo se habría reunido con Ben Jonson y Michael Draiton para festejar con sus colegas algunas nuevas ideas literarias. Investigaciones recientes llevadas a cabo por científicos alemanes[10] afirman que es muy probable que el escritor inglés padeciera de cáncer.

Sus restos fueron sepultados en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford. El monumento funerario de Shakespeare, erigido por su familia sobre la pared cercana a su tumba, lo muestra en actitud de escribir, y cada año, en la conmemoración de su nacimiento, se le coloca en la mano una nueva pluma de ave.

Era costumbre en esa época, cuando había necesidad de espacio para nuevas sepulturas, vaciar las antiguas, y trasladar sus contenidos a un osario cercano. Tal vez temiendo que sus restos pudieran ser exhumados, según la Enciclopedia Británica, el propio Shakespeare habría compuesto el siguiente epitafio para su lápida: Buen amigo, por Jesús, abstente /de cavar el polvo aquí encerrado. /Bendito sea el hombre que respete estas piedras, /y maldito el que remueva mis huesos.[]

Una leyenda afirma que las obras inéditas yacen con él en su tumba. Nadie se ha atrevido a comprobar la veracidad de la leyenda, tal vez por miedo a la maldición del citado epitafio.

Fuente inagotable de fertilidad literaria, el dramaturgo y poeta inglés sigue siendo el escritor que corre más por las venas de los autores del presente, un estímulo que al parecer alimentará novelas, películas o series de televisión por todos los tiempos y por eso quizá sigue siendo considerado el clásico más vivo.  

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