Imán del afán de máxima ganancia, fruta codiciada por los imperialismos que pugnan en la repartición del planeta y más allá.
Venezuela es amenazada casi a diario por la burocracia civil y militar estadounidense. El empresario Trump lo hace a la carta, a las puertas de su despacho presidencial en Washington, o en una arenga a fascistas en Miami. Él se jacta de tener la “opción militar” contra Venezuela. Simultáneamente, la guerra psicopolítica ha arreciado con morbosa alevosía las últimas semanas.
Los manuales para el control hegemónico que plasman en acciones la filosofía supremacista del “Destino Manifiesto” y la “Doctrina Monroe”, los Documentos de Santa Fe y otras teorizaciones neocolonialistas, han sido aplicados en todas sus variantes en la guerra mutante que Estados Unidos lleva a cabo contra la Revolución Bolivariana desde sus inicios.
Es cierto que el interés geoeconómico primordial que mueve al imperialismo yanqui es apoderarse del petróleo y demás recursos estratégicos que abundan en el territorio venezolano, pero no menos cierto es que su motivación político-ideológica fundamental es destruir la voluntad independentista de las naciones del continente, y para consolidar eso, no le basta colocar gobiernos títeres en una docena de países, necesita borrar del hemisferio el mal ejemplo bolivariano.
En el enfoque específico de Trump y su séquito republicano, los gastos militares en sostener el caos implantado en Afganistán, Libia, Siria, Irak y Somalia, por citar los más castigados, no han rendido los beneficios esperados; al contrario, esa política de gendarme elástico al infinito, les hizo descuidar el espacio vital americano, al punto de haberles explotado en la cara procesos integradores sin su tutela como Unasur y Celac.
En paralelo, las contradicciones generadas por la complejidad geopolítica en Medio Oriente, Eurasia Central y Norte de África, provocó el alejamiento de aliados históricos como Turquía, problematizó la situación de Arabia Saudita e Israel, y –paradójicamente- facilitó la entrada de Rusia al teatro por la puerta grande.
En tal circunstancia, era inevitable que la economía emergente más dinámica y poderosa del mundo, ganara terreno en predios antes reservados al complejo militar industrial gringo. China es en la actualidad, el socio económico más atractivo y pragmático en el “patio trasero”.
Necesario es recordar que el imperialismo se desarrolla en Estados Unidos como consecuencia del dominio que ese país logró imponer a la fuerza en América Latina.
En el marco de una estrategia proteccionista y defensiva, el imperialismo yanqui se repliega tácticamente hacia Latinoamérica y el Caribe, su radio de acción vital. He allí donde radica la agresiva verborrea de la vocería de la Casa Blanca contra Venezuela, extensiva a Nicaragua y Bolivia, y reavivada en el caso cubano, tras retrogradar los amagues diplomáticos de Obama.
Para avanzar en su plan de recolonización, la industria cultural imperialista posicionó como modelo ideal de sociedad democrática, aquella que superpone el individualismo como desiderátum del éxito, expresándose esta ideología dominante en el neoliberalismo económico y el elitismo político, donde la masa humana deja de ser agente activo en la toma de decisiones que afectan al colectivo, pasando a ser “simples consumidores” y “siervos propios para el trabajo”, como lo denunció Simón Bolívar en su visionaria Carta de Jamaica.
La manipulación de la realidad a través de la transnacional mediática es un elemento esencial de este plan, así como la disposición cómplice de agentes nacionales. De esta especie surgen engendros como el interinato usurpador de Temer en Brasil, el continuismo ilegal de Honduras, y toda la pandilla de vasallos del Cartel de Lima.
Colombia es un caso muy especial. Todos sus presidentes desde 1999 se prestaron a la conspiración antibolivariana de Estados Unidos y llegaron a tener papel protagónico en las maldades contra Venezuela. Pastrana aprobó las normas para atacar la moneda venezolana y ha sido mandadero activo en el cerco diplomático. Uribe “legalizó” el tráfico ilegal de gasolina robada a Venezuela y metió en nuestro territorio un numeroso contingente paramilitar. Santos se vaciló nuestro apoyo para la paz mientras saqueaba nuestras despensas con el contrabando de extracción y tramaba toda clase de injerencias perversas. Entregaron la soberanía de Colombia a la bota militar gringa. Se ofrecieron como sicario de la OTAN y portaviones de la intervención armada imperialista en la región. Son el prototipo del narcoestado a nivel planetario. Duque ya se sabe que es Uribe con cara de pendejo.
La desesperación por complacer al amo del norte, les hace perder de vista el mundo de oportunidades que tendrían en una relación binacional amigable y decente, con la Venezuela siempre solidaria que posee en abundancia los recursos que allá no tienen o se les van agotando aceleradamente.
Al momento de escribir estas reflexiones, la oligarquía colombiana hace de manager de la mediocre oposición venezolana en el show montado en la frontera norsantandereana con la falsa “ayuda humanitaria” que encubre el intento de “opción militar” cacareado por Trump. Juegan a la guerra que internamente no han sido capaces de ganar a pequeños ejércitos irregulares. Esconden la miseria de su pueblo con la cínica e inmoral jugada de señalar las dificultades creadas al vecino.
Tal vez nos tocará volver a comienzos del siglo XIX, y la historia será otra vez escrita con sangre de un pueblo nunca rendido.