A pesar de los millones de años de evolución y las no menos milenarias civilizaciones que en el mundo han sido, aún hay personas que prefieren la manada o, simplemente, no saben funcionar o temen funcionar fuera de la manada. El espíritu de cardumen, el instinto de piara sigue instalado en el “disco duro” de nuestro tiempo y se activa ante la incertidumbre o la amenaza evidente.
No hay vida ni futuro fuera de la camada. Quienes no mantengan el paso durante la migración, quienes se salgan de la ruta marcada, quienes no se sometan absolutamente a la voluntad del alfa son abandonados o sacrificados. Esa es la “racionalidad” con la que están funcionando algunos gobiernos de América Latina y que está ordenando las acciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) y su secretario general: la manada está aterrada, necesita disminuir su incertidumbre y demostrar el espíritu de camada que de ellos y ellas se espera.
Cuando el presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, dijo en perfecto inglés que los gobiernos del continente eran como “perros de alfombra” y que el único que se portaba mal era el de Venezuela no hacía más que expresar claramente este espíritu de camada al que apuestan su sobrevivencia.
Hay un nuevo presidente en los EEUU y está en construcción una nueva política de la Casa Blanca para el hemisferio. Después del fracaso del Área de Libre Comercio para las Américas (Alca) propuesta por el presidente Bill Clinton y los intentos de Tratados de Libre Comercio (TLC) con algunos países, Washington no ha definido realmente una política única para lo que en otros tiempos consideraban su “patio trasero”.
La globalización neoliberal, el reino del libre comercio mundial, hacía innecesario y hasta contrario al espíritu mismo del mercado común global capitalista una política especial o diferenciada para América Latina. Son varios los analistas políticos y financieros de derecha que han señalado este “descuido” de los gobiernos de los EEUU en los últimos años en nombre del “valor” supremo de la competitividad.
El mundo gira, gira y gira, dice la canción infantil, y Donald Trump ha simbolizado su política para América Latina en la construcción de un muro en la frontera con México, país con el que tiene un TLC, y para que sepan que no es un mero símbolo, ha vetado ya la importación de algunos productos agrícolas aztecas y gauchos y, de retruque, se retiró del acuerdo económico conocido como la Alianza para el Pacífico en el que los gobiernos de derecha que ahora piden en la OEA derrocar al presidente Nicolás Maduro habían centrado sus proyectos económicos globales.
El muro, la deportación masiva como política de migración y la muerte súbita del mercado común con Asia, todo por obra y gracia de míster Trump, ha obligado a los gobiernos de derecha y a la derecha que no siendo gobierno sigue siendo un poder en el continente a activarse en el espíritu de manada que tan brillantemente definió el presidente Kuczynski.
Trump tiene sobre la derecha continental el mismo efecto que tienen esos instructores o entrenadores que castigan a todo el grupo o equipo porque un miembro del mismo no se ajusta a sus exigencias: el resto del grupo o equipo tenderá a castigar y si es necesario eliminar al miembro indeseable, al desobediente, al mala conducta por el que todos pagan por pecadores. Eso, a su vez, fortalece la autoridad del instructor o entrenador.
Esa es la real amenaza que se cierne sobre Venezuela, la camada de 20 gobiernos que se han aliado en la OEA para lograr lo que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no logró el año pasado y que sin ese apoyo político y financiero foráneo se terminaría de convertir en polvo de alfombra.
Consecuente con su errática conducta de costumbre, haciendo gala de su supina ignorancia sobre lo que es ser venezolano, la MUD ha convocado para mañana 19 de abril una marcha para exigir que la camada azuzada por Donald Trump intervenga en Venezuela. Mayor contradicción histórica, incluso, genética, solo es posible en quienes tienen la cabeza en Washington, el corazón en Miami y sus sueños en Las Vegas.