Después de casi veinte años lanzándose por barrancos espinosos, lanzando a su gente con ellos; una y otra vez, y aquella resiliencia que habría sido una virtud solo si hubiese sido enfocada en algo distinto al odio y la destrucción, al torpe atajo que alargó el camino a veinte años y lo que falta.
Pero no hay resiliencia que aguante tanto, y la esperanza que es lo último que se pierde, termina perdiéndose, y como un hormiguero pateado los consigue el año electoral más anhelado, por el que incendiaron las calles, por el que se lanzaron al Guaire, para apresurarlo. Inexorable, el tiempo trae a las elecciones y la dirigencia opositora, como mi comadre cuando se encuentra una cana, grita, ¡Nooooo!
Un grito ahogado por el silencio del a mi qué me importa del antichavismo de calle, que ya no cree en nadie. Hartos de esa montaña rusa conducida por bots psicópatas de Twitter que piden violencia, guerra, sangre, fuego, dolor, muerte, y a las que la dirigencia antichavista, con su compulsión al error garrafal, decidió escuchar por encima de las voces de la gente, de votos de verdad, los que les creyeron el cuento de la última cola.
Y acostumbrados a hablar entre ellos mismos, creyendo que la gente es gafa, los voceros de siempre redundan en los mismos errores. Y dice Jorge Roig que “estas no son elecciones libres porque la gente (léase la oposición) está desorientada y sin liderazgo”. Así, como saben que van a perder, las elecciones son tramposas. Sin una sola reflexión sobre a suma de errores que destruyó su base de apoyo, se lanzan otra vez al barranco del fraude adelantado, pero inscríbete por si acaso.