Tanto en Colombia como en Venezuela es indudable que está planteada la necesidad de negociaciones y convenios entre factores enfrentados, aunque las circunstancias y el tipo de conflicto sean diferentes.
No puede decirse, por supuesto, que exista una relación de dependencia directa entre las dos situaciones, pero de algún modo lo que ocurre en uno de los dos países influye en el otro. Siendo así, el bloqueo del proceso de paz que ha ocurrido en Colombia puede tener una repercusión muy negativa sobre la política venezolana en la medida en que se convierte en un modelo, una referencia contraria al entendimiento entre partes opuestas. Del mismo modo, la actitud reluctante asumida por importantes factores de la clase política venezolana frente al proceso de negociaciones —y en particular la reacción de satisfacción por los resultados del plebiscito— va a incidir de manera nociva en la evolución de los acontecimientos en Venezuela.
En Colombia, a propósito del acuerdo alcanzado entre el Gobierno y las Farc, se evidenciaron dos posiciones. De un lado, el sector liderado por Juan Manuel Santos, partidario de refrendar lo establecido en el diálogo de paz. Del otro, el sector liderado por Álvaro Uribe, contrario al entendimiento alcanzado. Una división neta de las fuerzas adversarias de la izquierda.
En Venezuela, no ocurrió una división semejante en los factores de oposición, ya que éstos se ubicaron del lado del sector encabezado por Uribe de manera prácticamente unánime. Un caso que llama la atención, porque se hubiera podido esperar que también aquí se expresaran diferentes visiones, es decir, unos factores favorables a la posición del sector de Santos y otros al planteamiento de Uribe. Pero no fue así, nadie en la oposición venezolana respaldó la línea de Santos.
