En mis años juveniles milité en una organización de izquierda cuya dirección política estaba conformada sobre todo por sindicalistas. Los militantes de base eran, en su gran mayoría, obreros afiliados a los sindicatos controlados por el Partido. Buena parte de los líderes más aguerridos no tenían estudios universitarios y en muchos casos ni siquiera habían podido concluir el bachillerato. Eran políticos formados al fragor de las luchas del movimiento obrero y su organización sindical.
La militancia juvenil de aquel Partido estaba integrada por estudiantes universitarios y de educación media, ávidos lectores que dedicábamos buena parte de nuestro tiempo a los debates y círculos de estudios. El Secretario General del Partido, que llegó a ser candidato presidencial, nos llamaba los sobacos ilustrados, término utilizado despectivamente para referirse a la juventud rebelde e intelectuales contestatarios que cuestionaban el pragmatismo de la Dirección Nacional y no se sometían incondicionalmente a la línea del Partido. Nos calificaban como los diletantes y habladores de paja, que con devaneos teóricos enredábamos la lucha obrera y campesina por la liberación nacional y la construcción del socialismo.
Para aquellos sindicalistas la realidad no se estudiaba sino que se sufría en las duras jornadas de trabajo, en los sueldos insuficientes, en la tragedia de no tener trabajo. Las credenciales que más valían no eran las académicas, la formación teórica, la capacidad de análisis, sino las huelgas organizadas, las persecuciones sufridas, la clandestinidad y los años cárcel. El desprecio y desconfianza por la inteligencia y la labor intelectual que predominó en las filas de mi primera militancia partidista me traumó por muchos años, al extremo de avergonzarme y sentirme ofendido cuando me llamaban intelectual. En aquel partido obrero, ser intelectual era considerado como sinónimo de pequeño burgués.
Muchos años después participé en la Conferencia Intelectuales, Democracia y Socialismo en la que más de cincuenta reconocidos y prestigiosos intelectuales, partidarios de la construcción socialista, levantaron una honesta y valiente crítica a las desviaciones y errores cometidos por la Revolución Bolivariana. No había otro interés que el de proponer soluciones para detener el estancamiento y deterioro que ya para entonces se notaba. Pero aquellas voces críticas fueron muy mal oídas en la Dirección Nacional del PSUV, cuyo vocero -el para entonces Canciller y hoy Presidente Obrero-, nos llamó nuevamente habladores de paja, y no pude dejar de recordar las primeras descalificaciones que recibimos quienes desde el debate de las ideas intentábamos contribuir al progreso económico y social de nuestro país.
¿Qué es ser intelectual?
El intelectual es un trabajador que se dedica al análisis crítico de la realidad con el fin de generar un nuevo conocimiento que ayude a comprender y superar los problemas que afectan a la gente. Mientras que la intelectualidad es el colectivo o comunidad de intelectuales agrupados según su proximidad nacional o afinidad ideológica. Por ejemplo, la intelectualidad venezolana o la intelectualidad socialista.
Un intelectual no tiene que ser un erudito, un enciclopedista, un sabelotodo capaz de opinar o hablar sobre cualquier tema. Los eruditos devoran información, son muy leídos e ilustrados, hacen gala del conocimiento acumulado, más no tienen pensamiento crítico ni compromiso social para confrontar y mejorar la realidad. Por eso no todo académico, escritor o filósofo puede ser considerado un intelectual. Incluso, quien se ocupe de generar conocimientos para mantener el statu quo puede ser un analista, hasta un científico, pero no un intelectual.
¿Qué es ser de izquierda?
En la política, la división entre izquierda y derecha tiene su origen en la Asamblea Nacional Constituyente que surgió al calor de la Revolución Francesa. En sus deliberaciones, los partidarios de la República que priorizaban la soberanía nacional por encima de la autoridad del Rey se sentaban a la izquierda, mientras que los defensores de la Monarquía y del veto del Rey a las leyes de la República se sentaban a la derecha. Desde entonces, ser de izquierda se identifica con la militancia política que se pone al lado de los más débiles, que confronta el statu quo y promueve el progreso económico, político y social; mientras que ser de derecha se reserva para quienes apoyan a los más fuertes y se oponen a los cambios revolucionarios con el fin de preservar el poder y sus privilegios.
El intelectual sufre una tensión cuando la izquierda llega al poder y este es secuestrado por cúpulas que se alejan cada vez más del clamor popular que dicen representar. En tales circunstancias, la misma posición crítica del intelectual frente a los excesos del poder es considerada como una posición reaccionaria y contrarrevolucionaria, y por eso se le cataloga como un intelectual de derecha.
¿Qué es ser intelectual de izquierda?
El intelectual de izquierda escoge un modo de vida en el que pone al servicio del progreso social su capacidad de pensar, analizar, describir y explicar los problemas que afectan a los más débiles para poder entenderlos y superarlos.
Mientras el intelectual de izquierda considera la desigualdad social como una indeseable consecuencia de un orden injusto y por eso se compromete a generar un conocimiento que contribuya a transformar esa realidad, un erudito de derecha que no merece ser llamado intelectual puede llegar a considerar la desigualdad social como algo natural, inevitable e incluso necesario para incentivar la competencia y el desarrollo económico y social. La diferencia entre un intelectual de izquierda y un erudito de derecha es el compromiso activo del primero con el avance de la humanidad.
El fracaso del socialismo y las nuevas causas del intelectual
El fracaso del socialismo debilitó las referencias políticas de los intelectuales. El baño de corrupción y opresión que cayó sobre los intentos fallidos de construir el socialismo en los siglos XX y XXI reta al intelectual a generar nuevas ideas para llenar el vacío que dejó el fracaso de las viejas ideologías que inspiraron la militancia política de izquierda.
Más allá de tomar partido en la lucha de clases entre capitalistas y proletarios y de asumir la defensa de la igualdad social, el intelectual abraza otras causas que abarcan un mundo más ancho y profundo. Los intelectuales levantan su voz contra la guerra en Afganistán, Irak, Libia, Siria; cuestionan el consumismo que agota los yacimientos y contamina el ambiente, advierte sobre las consecuencias del calentamiento global y la amenaza a la continuidad de la vida en el planeta, se compromete con la defensa de los derechos de la naturaleza y es un activo militante de las luchas contra la desigualdad social y cualquier forma de opresión ya sea por razones políticas, ideológicas, religiosas, raciales, de género o preferencia sexual.
Del intelectual político al intelectual aséptico
El intelectual al servicio del aparato gubernamental fue una figura del socialismo del siglo XX que se reprodujo en los intentos fallidos por construir el socialismo en el siglo XXI. Sometido a la disciplina del partido y a los requerimientos del gobierno, su labor fue justificar el accionar del régimen como una legítima defensa a los ataques de los enemigos internos y externos de la Revolución.
Los gobiernos necesitan del prestigio de los intelectuales para exaltar su acción. Con ese fin tejen redes de intelectuales que convocan concursos con jugosos premios, publican ediciones de libros, financian la producción de películas y despliegan eventos culturales que adornan con oropeles de intelectualidad la gestión gubernamental. El poder los apoya a cambio de que validen sus decisiones, maquillen los resultados y escondan la verdad. Para salvar al gobierno de sus desaciertos, los comisarios políticos presionan a los intelectuales para que no revelen la verdad científica y oculten las estadísticas. El gobernante de turno espera de los intelectuales una función meramente instrumental, más cercana a la labor propagandística y muy lejos del pensamiento crítico. Los medios de comunicación oficiales vetan las voces disidentes y solo dan espacio a las opiniones laudatorias, a los pseudo intelectuales que validan las ejecutorias del régimen. En ese ambiente de opresión, el intelectual auténtico es execrado por los acomodaticios de la comparsa que le lanzan lisonjas al poder, a cambio de dádivas. Así degradan su labor y dañan la imagen de lo que una vez fue una reconocida intelectualidad.
La política nacional hoy luce plagada de charlatanes, manipuladores y traficantes que asquean al intelectual honesto que no quiere desprestigiarse siendo parte de esa cofradía de farsantes. Por eso se declaran políticamente independientes, se desmarcan y prefieren trabajar en la precariedad y así poder preservar una posición independiente frente a las presiones del poder, a la línea del partido, a las órdenes del gobierno, a los caprichos del patrocinante y demás presiones tóxicas que contaminan, degeneran y pervierten la labor intelectual. Paradójicamente, esta asepsia política agrava el problema, toda vez que debilita el grado de influencia de las ideas en los decisores del gobierno y la economía, la reflexión intelectual se desconecta de la política y ésta se hace cada vez más pragmática y cortoplacista.
Con el fracaso del socialismo y el desprestigio de la actividad política, los trabajadores intelectuales estamos llamados a ratificar nuestro compromiso político y social con la generación de nuevas interpretaciones y conocimientos que orienten la acción social transformadora a la luz de los valores humanistas de solidaridad, cooperación, complementación, reciprocidad, igualdad y justicia social. Esa sigue siendo nuestra hermosa tarea. @victoralvarezr