Opinión

Un granito en contra de la desinformación / Por: Óscar Morales

Desde que el mundo es mundo -dirían los abuelos- han existido misioneros de falsedades, especialistas en manipulación, mentirosos de oficio y embusteros profesionales. Eso no es ninguna singularidad de este siglo. No obstante, hoy las falacias tienen unas plataformas para expandirse con tanta rapidez, alcance y ligereza que muchos emperadores romanos desearían resucitar para probarlas al menos por una semana.

Actualmente, la avalancha de desinformación es impresionante. Y, por cierto, está haciendo mucho daño a la convivencia democrática, pues, basta que alguien publique un vídeo distorsionado, una noticia fuera de contexto o unas estadísticas erróneas para que los movimientos radicales salten con sus consignas extremistas, desaparezca la moderación de los argumentos razonados y los líderes populistas se froten las manos.

En efecto, cuando los líderes de opinión o autoridades de una sociedad empiezan a debatir los problemas complejos en base a las primeras planas, a la percepción, a la corazonada, a la intuición o a la sospecha, en ese mismo instante pierde la razón, la toma de decisiones basadas en la evidencia de los datos y, posteriormente, la construcción de buenas políticas públicas.

Aún más, en ese mismo minuto se condiciona el terreno para escuchar frases rimbombantes como: “me prohíbo a mí mismo que haya niños en la calle en Venezuela”, “tenemos que abrir la puerta hacia una nueva existencia nacional”, “seremos una potencia energética”, “tendremos soberanía alimentaria” o “si viese a mi hija a punto de morir de hambre, yo creo que saldría a la medianoche a hacer algo para que mi hija no vaya a la tumba”.

En otras palabras, son frases para la galería sin ningún sustento que solamente pretenden ser utilizada para concretar propósitos personales o grupales. La desgracia de la historia es que esas declaraciones alimentan -con muchas vitaminas y minerales- a uno de los desafíos globales más importantes que tenemos en las próximas décadas: el populismo.

Generalmente, el foco de la desinformación apunta a temas como la migración, la política, la criminalidad, la salud, el medio ambiente, la religión o la economía. El más notorio de todos es la política, pues, sus contenidos son presas fáciles para estimular la polarización de las sociedades y, de esta forma, ganar simpatizantes recurriendo a la manipulación de la información y difundiendo mentiras tan bien elaboradas que hasta el mejor ciudadano informado puede sucumbir. El negocio es redondo y en ese oficio hay muchos artistas inescrupulosos.

No es simple resolver esta amenaza a la democracia, porque cualquier intento por sancionar a estos misioneros de falsedades tropieza con la defensa de la libertad de expresión. No es sencillo ponerle límites a esos líderes carismáticos que te dicen que acabará con la pobreza en pocos años o que el aumento de la criminalidad se debe a la inmigración. Incluso más, es muy difícil ponerle coto a los movimientos sociales que declaran que las vacunas tienen conservantes que provocan autismo o que el cambio climático es un engaño (¡hasta con la evidencia en las manos!).

Hay mucho material desinformativo dando vuelta sin control y mucha demanda deseosa de consumirlo. Aparentemente, la única herramienta que nos está quedando es cuestionar todo lo que nos llega; fortalecer los procesos de aprendizajes en las aulas de clases; crear anticuerpos analíticos; y, finalmente, no rendirse a los pies de aquellos que te prometen solucionar algo complejo con una frase endulzada o que quieran explicarte las razones de tus dificultades a través de un chivo expiatorio.

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