De esta guerra de mil aristas que vivimos surge un batallón no solo miserable, sino pavosísimo: los traficantes de tristeza, una especie del guardianes de lo trágico, sacerdotes de la inquisición contra la alegría, relatores de sufrimientos y penurias en tercera persona, militantes de efímeras campañas que inundan foros y redes sociales. Los traficantes de tristeza se regodean en las dificultades, las poetizan, las elevan soberbios a categorías literarias en nombre de “los que no tienen voz”, expropiando voces, enmudeciéndonos. Expertos en historias oscuras, tristes y reales, sí, como reales son tantas otras que descartan por contradecir su oscura narrativa. ¡Ay de la luz si se atreve a interrumpir el drama que vivimos, ay de quién se le ocurra prenderla! No se puede ser tan insensible a la tragedia que vive el “pueblo de a pie”, como para pretender que siga habiendo cumpleaños, besos, chistes buenos, navidades, música y sandungueo…
Mucha hipocresía, muchas omisiones calculadas, mucha frivolidad, mucho faranduleo que dejan las costuras a la vista. Se lamentan por el Suena Caracas, “porque no se puede gastar en eso cuando el pueblo tiene hambre y con hambre no se baila”, mientras que el Caracas Oktoberfest les da un aire de país. Se lamentan por el pernil navideño, “porque eso no resuelve nada” y cuando les toca a ellos, lo agarran hechos los Bartolos. Decretan el sufrimiento integral, eso sí, solo para el “pueblo sufrido”, para que nada desentone con el relato de orfandad y derrota que nos debe rendir deprimidos.
