Opinión

«Roñoquero» y «Mamblea», personajes ilustres de la exageración

Personajes de la Maracaibo que ya se fue, Carlos Bernal y Manuel Prieto recorrían El Saladillo y la Nueva Venecia contando sus historias infladas de mentiras. Vivían en constante competencia por apabullarse con invenciones descabelladas. 

Ángel Mendoza Zabala   

“Ve, eso fue en Nueva York. En invierno. Yo me había ido de polizón y nada, los inspectores de aduana, que allá son bastante fuñíos, me encuentran. Y empiezan, que si el pasaporte, que si el pasaje. Que si me van a deportar. Pero vos sabéis, campeón, que a mí no me gana nadie. Yo les dije que era un adivino, el adivino más grande que había en la bolita del mundo. Y me creyeron. Me dijeron que me iban a poner a adivinar, en una calle, algo. Ellos no son bobos, no me dijeron que era lo que iba a adivinar.

Bueno, entonces me ponen un escenario en una calle mollejuísima, en el centro de allá, vos sabéis, y aquel gentío. Y me dicen que tengo que adivinar qué carga trae un camioncito que viene por la calle. Pero venía a reventar, las tablas doblás. Y entonces digo, bajito, vos sabéis, como pa’ mí: Oh, y lo que trae es enea. ¡Qué molleja chico, y abren el camión y lo que llevaba era enea, y así me salvé”.

El recuerdo anterior sucedió en la Maracaibo de los años 40, en la pulpería La Lucha, un popular comercio del sector Nueva Venecia, en lo que hoy es la avenida El Milagro. Su autor es el presidente de la Academia de la Historia del Zulia, Vinicio Nava Uribarrí, que atisbaba —siendo niño— por el biombo que separaba la bodega de un bar donde contaba sus chistes y cuentos el ‘adivino’ ‘Roñoquero’.

Carlos Bernal fue el apodo que recibió del registro civil, aunque pocos sabían que esa era su gracia, para todos era ‘Roñoquero’, personaje popular de la Maracaibo de principios y mediados del siglo XX, que se ganaba tragos por contar sus historias.

Pero no vivía de eso. “Era obrero de varios aserraderos de la zona, un hombre de gran musculatura. Recuerdo uno llamado ‘La Paulina”, sigue escarbando Nava. En su ancianidad, ‘Roñoquero’ se dedicaría a vender café con un termo por la zona del mercado.

En algún momento la vida lo alió a Manuel Prieto, a quien la calle había bautizado como ‘Mamblea’. La sociedad les produjo incontables traguitos gratis. Si se hubiesen dedicado a timar incautos, quizá se hubiesen hecho millonarios.

Rafael Molina Vílchez, quien además de ser médico se ha dedicado a estudiar la historia cotidiana de Maracaibo, apunta que en esa época la idiosincrasia era otra. “No puede verse a ambos personajes como unos estafadores. No, ellos contaban sus chistes e inventaban sus historias, pero para divertir. Exageraban muchísimo, las mentiras eran las mismas exageraciones. Imagínate que era tanto el respeto, que en esa época no se decía ni un ‘¡Qué molleja!’ delante de una dama”.

‘Mamblea’ y ‘Roñoquero’ estaban tomando trago, caña —específicamente—, junto a un grupo de conocidos en puerto ‘El Piojo’ y ven venir a un conocido comerciante. ‘Roñoquero’ se pone serio. El acaudalado hombre saluda y él le pica adelante.

—Aquí, muy preocupado, porque tengo a mamá en el medio de la sala—.

Decir eso era hablar de un velorio. El potentado pela por la cartera y extrae dos billetes de Bs. 40 para el velorio. Los amigos compraron más aguardiente y hasta los ingredientes de un sancocho. En plena fiesta armada, en casa de ‘Roñoquero’, estaban cuando llegó el caritativo a dar el pésame y se encontró la sorpresa. La madre de ‘Roñoquero’ estaba viva.

—Yo te dije —se defendió ‘Roñoquero— que mamá estaba en el medio de la sala. Pero no te dije que ella lo que estaba era jugando barajas.

Así configuraba sus exageraciones cuidando de no quedar como estafador: nunca han existido los billetes de cuarenta bolívares.

Quizá hoy no genere risa. Pero en una época fueron tan famosos que sus cuentos llegaron, por tradición oral, hasta la costa colombiana.

“Mirá ‘Mamblea’, vos sabéis que una vez yo estaba por Santa Bárbara, y conseguí una mata que daba unos plátanos que medían cuatro metros cada uno”, soltaba ‘Roñoquero’.

“Chico, yo lo que estoy es cansado, porque estaba haciendo un sartén de 20 metros”, respondía Mamblea serio.

“¿De 20 metros? ¡Qué molleja e’ sartén! ¿Y eso es pa’ qué, muchacho?” “Pa’ hacer las fritas de los plátanos esos que vos viste en Santa Bárbara”.

Así, se iban ganando el favor de la gente, se iban haciendo famosos. “¡Sois más embustero que ‘Roñoquero’ muchacho! ¡No las pensáis!”, fue una salida popular en Maracaibo hasta entrados los 80, para reprender a los mentirosos.

“Fueron unos grandes repentistas, hay que tener una habilidad especial para tener esas salidas, cosas que no eran ensayadas sino que iban creándose en la medida de la cotidianidad”, agrega León Magno Montiel, periodista e investigador de la gaita zuliana. “Eran unos tipos sanos, personajes de El Saladillo ancestral que se confundieron con la gente y brillaron por una habilidad especial: no exageraban usando groserías, como es común en algunos humoristas de estos tiempos”, agrega.

“No es que no decían groserías”, apunta Molina Vílchez. “Sino que se cuidaban mucho de la presencia de la mujer. Pero delante de los hombres sí soltaban sus florecitas”, agrega.

El ‘mito’ real no está olvidado. Estaban a la misma altura, una vez ganaba uno y una vez el otro. Como cuando ubicados en Las Quince Letras, la mítica cantina frente a la Basílica, ‘Mamblea’ le preguntó a ‘Roñoquero’ qué estaba viendo, pues éste hizo ademán de mirar hacia las cúpulas de San Juan de Dios.

—¿Y vos que estáis mirando pa’ allá?—, consultó ‘Mamblea’.

—La hormiguita aquella que va bajando la cúpula. De este lao’, pa’cá, pegaíta de aquí la podéis ver. ¿La veis?—, explicó.

—Chico, no la veo—, se quejó ‘Mamblea’.

—Vos tenéis que estar ciego chico. ¡Ahí, qué molleja, ahí está, mirá! ¿La veis?

—No la veo— concluyó ‘Mamblea’. —Pero le escucho los pasos.

“Tengo un problema con un terreno que me dejó mi papá en herencia en Ziruma”, contó ‘Mamblea’ en la procesión de la Chinita de 1957. “Apareció, pero en Cabimas, y con tres taladros de petróleo”, culminó ante las risas de todos.

En eso andaban. Alejados del trabajo del aserradero que sucumbió a la ampliación de la avenida El Milagro, vagaban por El Saladillo. La vista poderosa que le permitió ‘ver’ la solitaria hormiga en la cúpula, se le deterioró con el tiempo. Sufrió cataratas. En julio de 1956, ingresó al asilo “San José de la Montaña”: su humilde casa, de Nueva Venecia, sucumbió a la piqueta del progreso.

“Allí se cuenta que enamoró a una monja, muy bonita, que le tomó mucho cariño. Una noche, en la cena, la monja, seria, le dijo que dejara ese comportamiento, que ella era hermana de Dios”, relata Molina. Se le había arrugado el cuero y estaba más débil y viejo, pero no había perdido el don de la improvisación:

—Es que eso es perfecto, porque con ese tronco e’ cuñao’ no hay quien se meta conmigo.

Precisamente, el cuñado que quiso tener lo llamó, cerca de cumplir los cien años, el 20 de julio de 1967. PANORAMA lo reseñó en su primera página del día siguiente, apuntando que de seguro “se encontraría con ‘Mamblea” en el más allá. Pero, doctores en sorpresas, ‘Mamblea’ apareció el día del entierro. “Estoy vivo, y dando guerra”, corrigió a los periodistas.

Se había muerto un amigo, de quien se había separado hacía tiempo por cosas del destino. Eso sí, lo acompañó al cementerio. Ingresó luego al Hospital Chiquinquirá, un triste 30 de diciembre de ese mismo año, y abandonó el nosocomio por su propia voluntad. “Yo no nací para morir triste”. Después de eso, se le perdió el rastro.

Comentarios

Inicia sesión para unirte a la conversación.

Cargando comentarios…

Más en Opinión