En Venezuela necesitamos urgentemente recuperar la confianza en el país, en las instituciones, en las leyes, en los poderes públicos, en la Fuerza Armada Nacional, en los gobernantes, en los líderes de la oposición y en nosotros mismos.
De no hacerlo, seguiremos hundiéndonos en la anomia, y en esa especie de desesperanza cada vez más generalizada que está robándonos el coraje y la capacidad de reaccionar para salvar el país y enrumbarlo por los caminos del progreso, la dignidad y la paz. No podemos acostumbrarnos y resignarnos a la ineficiencia, a las limosnas, a los apagones, a la ausencia de medicinas, a la escasez de casi todos los productos esenciales, a la impunidad, a la anarquía, a la inflación y especulación que aumenta los precios sin control, a los abusos de poder, a las mentiras y promesas falsas, a la inseguridad que todas las semanas mata decenas de compatriotas.
¿Cómo es posible que varios millones de compatriotas se hayan ido de Venezuela o estén planificando irse para garantizarles la comida a los hijos y porque aquí no ven futuro? Lo más grave del caso es que al Gobierno no parece importarle esta terrible hemorragia de capital humano, y ese enorme dolor que supone la ruptura de las familias. La pérdida de la confianza se asienta y se sostiene en la pérdida de la dimensión ética. En Venezuela se ha impuesto la inmoralidad y el cinismo. Estamos adormecidos por discursos grandilocuentes que no son acompañados por acciones y políticas coherentes. Si un buen sistema económico se sustenta sobre un sistema político estable, la buena política se sustenta sobre un capital de confianza que debe, a su vez, construirse sobre reglas claras y conductas éticas. Pero estas escasean cada vez más pues cada día se impone la antiética y la inmoralidad más desvergonzada.
La reciente actuación del Consejo Nacional Electoral, que una vez más, demostró ser un instrumento servil del poder, es una expresión evidente de que la política es meramente un ejercicio de vivismo y manipulación. Frente a la grandilocuencia discursiva, vemos cómo se impone la política mezquina, que busca esencialmente las conveniencias personales y grupales. Resulta de un gran cinismo escuchar a todos los voceros del Gobierno decir que las superescuálidas elecciones fueron una demostración de civismo y de participación democrática.
