Aleppo, la segunda ciudad siria en tamaño e importancia, con sus barrios y edificios derrumbados y miles de civiles muertos, evidencia una primavera árabe marchita. ¿Acaso estamos en presencia del final de aquel movimiento cívico de protestas contra la tiranía en Tunisia, Libia, Egipto, Yemen y ahora Siria? Así lo parece.
En efecto, dada la compleja red de intereses geopolíticos y religiosos en Siria que produjo enfrentamientos y una cruentísima guerra civil, ya el resultado está a la vista: Los rebeldes que combaten al régimen de Bashar Al Asad están virtualmente derrotados.
Como es común y frecuente en toda guerra civil, en Aleppo se han cometido toda suerte de violaciones de los Derechos Humanos, crímenes de guerra, tortura y ejecuciones sumarias de parte del ejército sirio y su aliado ruso, así como del bombardeo indiscriminado de la aviación militar sobre hospitales y escuelas de niños.
La escena de múltiples edificios venidos al suelo y la labor de rescate de cadáveres y de mucha gente sepultada bajo los escombros que frecuentemente muestra la televisión, nos recuerdan lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial en San Petesburgo (Rusia), Berlin y Dresden (Alemania) y Londres (Gran Bretaña).
