“No lo veo mal (…) ese proceso que llaman dolarización, puede servir para la recuperación y despliegue de las fuerzas productivas del país y el funcionamiento de la economía (…) una válvula de escape, gracias a DIOS existe”. Esto fue lo que declaró el pasado domingo 17 de noviembre Nicolás Maduro. Sin embargo, hace un año y medio dijo lo siguiente: “Esa propuesta de dolarizar y acabar con la moneda venezolana es una propuesta anticonstitucional, la Constitución fija muy claramente que la moneda de Venezuela es el bolívar”. Volteretas de la vida de 360 grados.
¡Así será la congestión, angustia y tensión que sufre Nicolás Maduro que le empujó a la desgraciada declaración! Sin medias tintas: La declaración renuncia abiertamente a la moneda nacional y arropa con orgullo la aceptación de la dolarización de facto en nuestra economía. Es decir, si antes no se hizo nada para recuperar el poder adquisitivo del bolívar, ahora mucho menos se gastará energía para ello.
La dolarización de facto golpea diferenciadamente. En otras palabras, hoy los más perjudicados sigue siendo la inmensa mayoría que no perciben ingresos en divisas, frente a otros que de alguna manera sí generan divisas. Las palabras de Maduro dejan más desprotegidos a las personas más vulnerables. Definitivamente, los deja a su suerte, porque reconoce que la economía se está adaptando forzosamente a las nuevas circunstancias, pero nada dijo acerca de aquellos que no tienen la capacidad ni los instrumentos para sobrevivir a esas nuevas circunstancias. En síntesis, el nuevo esquema económico es más desigual e injusto que el anterior.
¡No sé cuántas veces han tenido que comerse sus palabras! Eso demuestra sus eternos hábitos de improvisación. Hoy –al igual que ayer- no existe una ruta clara para la recuperación del dinamismo económico, no hay visión sobre un plan macroeconómico que revitalice las fuerzas productivas, mucho menos una guía que suponga la mejor perspectiva de desarrollo o bienestar para mañana.
